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Virgen María: Comprender la Inmaculada Concepción

 

ANTROPOLOGÍA, PECADO Y MARIOLOGÍA: COMPRENDER LA INMACULADA

Agustín Ortega Cabrera

Este artículo es respuesta o, mejor, diálogo a ciertas afirmaciones que se han vertido en internet, en otro escrito, acerca de la “Fiesta Inmaculada de España”. Más allá de una polémica u confrontación, quiere presentar algunas cuestiones teológicas y humanas que pueden aclarar o contribuir al diálogo en la fe e iglesia. De la mano de autores cualificados, en estas materias de la teología y antropología. Estos autores y teología, en la actualización o profundización de la tradición de la fe e iglesia, nos muestran un mensaje profundo en la línea de la Sagrada Escritura y del Evangelio de Jesús.

La clave es conocer y comprender bien la antropología bíblica, cristiana y teológica que nos muestra una cosmovisión del ser humano de carácter positiva, optimista, solidaria e integral. Esto es, como imagen y semejanza e hijo de Dios, como la realidad misma donde Dios mismo en Cristo se encarna, el ser humano es bondad, bien y amor fraterno. Un ser personal y social, comunitario y solidario. Por lo tanto, en esta antropología de la fe, todas las dimensiones constitutivas del ser humano como son la racional y corporal, la afectiva y sexual, la social e histórica etc. son buenas, creadas y dadas por Dios al ser humano.

Más, el misterio del mal, el pecado e injusticia han afectado al ser humano por su libertad, responsabilidad y capacidad de elección o decisión en la vida e historia. El mal y pecado, como tal, lo ha afectado seriamente, lo ha dañado gravemente. Pero no hasta tal punto de corromper, en su misma esencia, la bondad ontológica que (por su naturaleza) ha dado Dios al ser humano en su proyecto original. Y por esta naturaleza o carácter social del ser humano, como ser comunitario-político e histórico, el mal y el pecado afectan solidariamente a toda la comunidad o sociedad humana.

Desde lo anterior hay que comprender la realidad del pecado original, que es una categoría más bien analógica. En el sentido de que la persona, en el desarrollo de su existencia personal y comunitaria, se va encontrando en un ambiente o atmósfera de mal. El mal primero y personal, lo que se conoce teológicamente como pecado originario, se encarna e incrusta en lo social, comunitario e histórico. Dando lugar, de esta forma, al pecado del mundo, al pecado social e histórico. Esto es, el pecado originado en el que se ven envuelto las personas concretas, con su destino comunitario y solidario como miembros de la familia humana. De esta forma, surge el pecado estructural, las denominadas estructuras (sociales e históricas) de pecado que condicionan y afectan al ser humano, por su carácter socio-comunitario, en una sinergia solidaria entre el bien o mal personal y social-estructural.

Desde estas categorías personalistas, comunitarias e históricas, más propias para la adecuada compresión de la cosmovisión bíblica, hay que entender esta realidad del pecado original; frente una concepción puramente biologicista u organicista. En el transcurso de su vida, la persona se ve envuelta y afectada por el mal o pecado originario e histórico que, en su libertad responsable, irá acogiendo y desarrollando, siendo cómplice y colaborador de este mal. La historia es esta lucha o confrontación dramática, conflictiva entre el bien y el mal, entre la justicia e injusticia. Y, por su fragilidad o límites e índole socio-comunitario, todo ser humano se ve afectado y colaborando en el mal. Hasta que Dios mismo en Jesús se encarnó en la misma naturaleza humana e histórica, dañada y afectada pero no corrompida (hasta en su misma libertad)- lo que hace posible la encarnación de Cristo-, revelando en Jesús a la humanidad nueva. Esa encarnación de Dios en Cristo, desde el Espíritu, tiene lugar por María, la anawin, la pobre de Yahvé. La mujer pobre, humillada y excluida que ha acogido la Gracia liberadora de forma plena.

Como indicamos, María pertenece a los anawin. Ella es el símbolo real del pueblo de Dios, pobre y oprimido que espera fielmente el don (gracia) de la salvación liberadora que nos regala Dios por la Encarnación de Cristo, en el Espíritu, que llena a María. En María culmina la Gracia de Dios, revelada plenamente en la Encarnación de Jesús, que el pueblo pobre y fiel anhelaba, esperaba y que en María llega a perfección. María encarna esa gracia y fidelidad de Dios para con su pueblo, con los pobres y oprimidos, que en la encarnación de Cristo, con el Espíritu, fue posibilitada por esa fidelidad mutua de Dios con el pueblo y los pobres, que María re-presenta y culmina.

Esa Gracia de Dios, en el Espíritu y por la Encarnación de Cristo, ha llegado en acogida, disponibilidad y fidelidad al pueblo pobre, esperanzado y fiel. Tal como se culmina en María, que es liberada del mal y pecado desde el inicio u origen de su existencia. En el Espíritu y por la Encarnación de Dios en Cristo, María es la culminación de la alianza y promesas de Dios con el pueblo pobre, oprimido y fiel que camina en la historia de la salvación. Y que tiene su plenitud en María, la Madre del Emmanuel, del Dios con nosotros. María es la nueva y más auténtica Eva, modelo de la humanidad que se revela plenamente en Jesús. Ella es la renovada arca de la alianza del Dios liberador que se manifiesta en su Hijo, Jesús que (como indica su nombre) es el Dios que salva.

La Gracia liberadora de Dios fue envolviendo al pueblo de Dios, pobre y fiel, que desde la fe, la esperanza y el amor aguardaba la alianza con las promesas de salvación en la misericordia, paz y justicia; frente a todo mal, pecado e injusticia. Lo que llega a su culmen en María. En esa espera y esperanza, en esa corriente y ambiente de Gracia, que se transmite y culmina desde la Encarnación de Dios en Cristo con su Espíritu, ella acoge fiel y finalmente al Cristo Liberador que iba a nacer en su seno. María es pues el modelo o paradigma y símbolo real del pueblo de Dios e iglesia que en fidelidad y esperanza, por la Encarnación de Cristo en el Espíritu, ha sido liberado del pecado y del mal. Ella es la proto-tipo, la primera y renovada humanidad como la Eva Nueva, que experimenta y acoge la liberación integral de todo pecado, mal e injusticia que nos ha regalado el Don (Gracia) de Dios Padre y que se revela en el Hijo, Cristo y su Espíritu.

Por tanto, en María se han cumplido las promesas de la alianza de Dios y su justicia liberadora que el pecado personal, social e histórico había impedido. Y que ahora, por la Encarnación de su Hijo, en María se logra primera, plena y finalmente para la historia de la salvación. Todo ello es lo que celebramos en esta fiesta de la inmaculada creyentes y (también podrían) no creyentes. En cuanto que María es asimismo esa persona histórica, modelo y símbolo o arquetipo, para toda la humanidad, de honradez y fidelidad, de amor fraterno y solidario, de justicia y liberación para los pobres. Como se nos narra todo ello en el Magníficat (Lc 1, 46-65).

Agustín Ortega Cabrera
Trabajador Social y Doctor en Ciencias Sociales (Departamento de Psicología y Sociología, ULPGC), Experto Universitario en Moral, Doctor en Humanidades y Teología (UM-ITM). Es Profesor e Investigador de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador Sede Ibarra (PUCE-SI) y en el Centro Universitario de Estudios del Seminario Diocesano de Ibarra.
(11 diciembre de 2016)

 

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