Inicio / Formación / Formación mariológica / Virgen María: Ética social y antropología mariológica

Virgen María: Ética social y antropología mariológica

ÉTICA-SOCIAL Y ANTROPOLOGÍA MARIOLÓGICA

Agustín Ortega Cabrera (Centro Loyola e ISTIC)*

Estamos ya en nuestras entrañables Fiestas del Pino, y nuestro corazón se vuelca con la Virgen. Con estas líneas queremos aproximarnos a comprender, un poco mejor, a la persona de María, Madre de Jesús-Dios, servidora y profeta del Dios del Reino. Y, en este sentido, ver y acoger todo lo que nos aporta a nuestra vida de fe, espiritual, como persona creyente, a nuestra vida moral y compromiso social como cristianos. Pues, bien, como nos muestra el Evangelio, por ejemplo en la Anunciación (cf. Lc 1,26-38) o en el Magníficat (cf. Lc 1, 46-55), María, mujer y madre pobre, esclava entre los pobres y oprimidos, presenta (revela) y sirve al Dios la misericordia y de la justicia; al Dios que opta y libera a los hambrientos, pobres y excluidos. Es el Dios que termina con el mal, con la desigualdad social e injusticia y que, por tanto, no quiere que existan los ricos-poderosos (es decir, que se liberen del mal y del pecado, del egoísmo, de sus ídolos de la riqueza y del poder que oprimen a los pobres).

Como se observa, tal como nos ha enseñado la teología y la Iglesia, es una mariología social y política. Ya que María es entraña, modelo o paradigma, para la iglesia y el mundo, de servicio, entrega y compromiso por la justicia, por la salvación-liberación integral desde (con) los pobres y oprimidos. Como nos enseña Pablo VI, María “no es una mujer sometida pasivamente o de una religiosidad alienante, sino como la que canta al Dios salvador y liberador, que levanta a los humildes y a los oprimidos y derriba, si es necesario, de su trono a los poderosos”. En ella se nos ofrece “un modelo acabado del discípulo del Señor: artífice de la ciudad celestial y eterna, pero peregrino que corre hacia la ciudad celestial y eterna; promotor de la justicia que libera al oprimido y de la caridad que socorre al necesitado, pero por encima de todo testigo activo del amor que edifica a Cristo en los corazones” (MC n. 37)

María es la mujer Inmaculada desde su concepción, porque desde su pertenencia o inserción en los “anawim” (en el pueblo humillado, oprimido y empobrecido, en la historia de este pueblo que confía y se compromete con el Dios Salvador-Liberador de la Alianza), ella ha acogido y realizado, de forma especial y primeramente, esta Gracia salvadora del Dios del Reino en el seguimiento de Jesús. Es la Gracia que nos salva y libera del pecado original, ese pecado primigenio del mundo e histórico, que se ha ido difundiendo en la historia de la humanidad, en forma de mal, injusticia y muerte.

Vale la pena citar, al respecto, este largo texto de Juan Pablo II: “el amor preferencial por los pobres está inscrito admirablemente en el Magníficat de María. El Dios de la Alianza, cantado por la Virgen de Nazaret en la elevación de su espíritu, es a la vez el que derriba del trono a los poderosos, enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos,… dispersa a los soberbios… y conserva su misericordia para los que le temen. María está profundamente impregnada del espíritu de los pobres de Yahvé, que en la oración de los Salmos esperaban de Dios su salvación, poniendo en El toda su confianza (cf. Sal 25; 31; 35; 55).

En cambio, ella proclama la venida del misterio de la salvación, la venida del Mesías de los pobres (cf. Is 11, 4; 61, 1). La Iglesia, acudiendo al corazón de María, a la profundidad de su fe, expresada en las palabras del Magníficat, renueva cada vez mejor en sí la conciencia de que no se puede separar la verdad sobre Dios que salva, sobre Dios que es fuente de todo don, de la manifestación de su amor preferencial por los pobres y los humildes, que, cantado en el Magníficat, se encuentra luego expresado en las palabras y obras de Jesús.

La Iglesia, por tanto, es consciente -y en nuestra época tal conciencia se refuerza de manera particular- de que no sólo no se pueden separar estos dos elementos del mensaje contenido en el Magníficat, sino que también se debe salvaguardar cuidadosamente la importancia que los pobresy la opción en favor de los pobres tienen en la palabra del Dios vivo. Se trata de temas y problemas orgánicamente relacionados con el sentido cristiano de la libertad y de la liberación. Dependiendo totalmente de Dios y plenamente orientada hacia El por el empuje de su fe, María, al lado de su Hijo, es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos. La Iglesia debe mirar hacia ella, Madre y Modelo para comprender en su integridad el sentido de su misión” (RMa 37)

Y desde todo lo anterior, en la Pascua de Jesús Crucificado-Resucitado, María ha ascendido a los cielos. En su Ascensión, ella anticipa y nos muestra esa salvación integral que abarca todas la dimensiones del ser humano: espiritual y corporal, a la persona y sociedad con sus estructuras; un vida realizada en el amor, la justicia y la fraternidad, que culmina en la vida plena-eterna, en la comunión total con Dios y con toda la humanidad.

En definitiva, como nos enseña la Congregación para la Doctrina de la Fe, “en el umbral del Nuevo Testamento, los pobres de Yavé constituyen las primicias de un pueblo humilde y pobre que vive en la esperanza de la liberación de Israel.
María, al personificar esta esperanza, traspasa el umbral del Antiguo Testamento. Anuncia con gozo la llegada mesiánica y alaba al Señor que se prepara a liberar a su Pueblo. En su himno de alabanza a la Misericordia divina, la Virgen humilde, a la que mira espontáneamente y con tanta confianza el pueblo de los pobres, canta el misterio de salvación y su fuerza de transformación. El sentido de la fe, tan vivo en los pequeños, sabe reconocer a simple vista toda la riqueza a la vez soteriológica y ética del Magnificat” (LC 58).

“Dependiendo totalmente de Dios y plenamente orientada hacia Él por el empuje de su fe, María, al lado de su Hijo, es la imagen más perfecta de la libertad y de la liberación de la humanidad y del cosmos. La Iglesia debe mirar hacia ella, Madre y Modelo, para comprender en su integridad el sentido de su misión. Hay que poner muy de relieve que el sentido de la fe de los pobres, al mismo tiempo que es una aguda percepción del misterio de la cruz redentora, lleva a un amor y a una confianza indefectible hacia la Madre del Hijo de Dios, venerada en numerosos santuarios” (LC 97).

AGUSTÍN ORTEGA CABRERA
Subdirector del Centro Loyola, Centro Fe y Cultura de los Jesuitas (Las Palmas de GC) y Profesor en el ISTIC (Departamento de Filosofía y Ciencias Humanas). Ha cursado los estudios de trabajo social (Diplomado), Filosofía y Teología (Licenciado en EE., Teología Sistemática), Moral (Experto Universitario) y Ciencias Sociales (DEA y Doctor por el Departamento de Psicología y Sociología, ULPGC).

Artículos relacionados:

Otros temas de interés

Santos canarios

SANTOS DE LAS ISLAS CANARIASPara los católicos, los santos forman la llamada Iglesia triunfante e interceden ante Dios por la humanidad, por los vivos en la Tierra y por los difuntos en el Purgatorio: es la llamada comunión de los santos. Todos ellos, incluso los que no han sido oficialmente reconocidos como tales, tiene su festividad conjunta en el Día de Todos los Santos, que se celebra el 1 de noviembre y que para los católicos representa que, más allá del número de personas canonizadas (es decir, de las cuales la santidad se afirma sin ambigüedad y se les puede venerar), hay abundantes cristianos (e incluso no cristianos en sentido estricto, como Abraham, Moisés, David, Job), que ha alcanzado el ideal de comunión con Dios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies