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¡Vivan los sacerdotes!

Publicamos el artículo que ha escrito monseñor Felipe Arizmendi Esquivel, obispo de San Cristóbal de Las Casas, con el título “Vivan los sacerdotes”.

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Me llamó la atención escuchar esta espontánea aclamación del pueblo, al hacer la visita pastoral a una comunidad indígena ch’ol, a cinco horas de San Cristóbal de Las Casas. Fue una celebración multitudinaria (no exagero) y durante la procesión de bienvenida que me dieron, desde las afueras del pueblo hasta donde está el templo, repetían varios de estos “vivas” y aplausos. Resalto este reconocimiento a los sacerdotes, por el persistente clima acusatorio de medios informativos en su contra, al difundir pecados clericales que son inocultables y siempre detestables, pero que se han sobredimensionado tendenciosamente. El poder de la televisión es enorme, pero es mayor la fuerza de la fe y el testimonio de la entrega generosa de la mayoría de los sacerdotes. El pueblo sencillo los quiere y los aclama; les tiene confianza y cariño.

Un catequista ch’ol, de nombre Agustín, al darme la bienvenida, dijo: “Esta comunidad, junto con la zona, hemos vivido persecuciones, muertes, amenazas y desplazamientos en tiempo de conflictos pasados; hoy, gracias a Dios, con la obra del Espíritu Santo, todos esos dolores se han calmado; hemos tenido el momento de dialogarnos para buscar la paz, y este es el mejor momento de encontrarnos como hermanos”. Llegar a este ambiente de reconciliación y de paz, ha sido trabajo paciente de los sacerdotes, que les han acompañado en sus sufrimientos, sin violentar sus procesos. Por ello, el pueblo les quiere.

JUZGAR

Es muy oportuno lo dicho por el Papa Benedicto XVI: “El sacerdote representa a Cristo, al Enviado del Padre, continúa su misión, mediante la palabra y el sacramento, en esta totalidad de cuerpo y alma, de signo y palabra… Quiero invitar a todos los sacerdotes a celebrar y vivir con intensidad la Eucaristía, que está en el centro de la tarea de santificar; es Jesús que quiere estar con nosotros, vivir en nosotros, darse a sí mismo, mostrarnos la infinita misericordia y ternura de Dios… El sacerdote está llamado a ser ministro de este gran misterio, en el sacramento y en la vida. Aunque la gran tradición eclesial con razón ha desvinculado la eficacia sacramental de la situación existencial concreta del sacerdote, eso no quita nada a la necesaria, más aún, indispensable tensión hacia la perfección moral, que debe existir en todo corazón auténticamente sacerdotal; el pueblo de Dios espera de sus pastores también un ejemplo de fe y un testimonio de santidad.

Sed conscientes del gran don que los sacerdotes constituyen para la Iglesia y para el mundo; mediante su ministerio, el Señor sigue salvando a los hombres, haciéndose presente, santificando. Estad agradecidos a Dios, y sobre todo estad cerca de vuestros sacerdotes con la oración y con el apoyo, especialmente en las dificultades, a fin de que sean cada vez más pastores según el corazón de Dios” (5-V-2010).

ACTUAR

¿Conoces al sacerdote que te bautizó? En tu certificado de bautismo está su nombre y la parroquia. Búscalo y agradécele haber sido el medio por el cual Dios te comunicó su propia vida, abriéndote a la eternidad. Ora por él, para que persevere en su vocación y sea santo.

Cuando confieses sacramentalmente tus pecados ante un sacerdote, exprésale tu gratitud, pues por su mediación Cristo te perdona, te libera, te levanta, te purifica, te salva.

Al tener la gracia de participar en una celebración eucarística, acércate al sacerdote, al concluir el rito, y manifiéstale tu agradecimiento. Con mayor razón, agradece a quien te dio la Primera Comunión, a quien presidió tu sacramento matrimonial, a quien fue a visitar a un familiar o conocido tuyo en su enfermedad, a quien con su predicación o sus consejos te ayudó a salir adelante.

No le niegues el título afectuoso de “padre”, pues aunque es también hermano y servidor, por su sacramentalidad recibes la vida espiritual de Dios. En Cristo, engendramos a muchos en el Evangelio, y así participamos de la misma paternidad de Dios.

No seas ocasión de que un sacerdote sea infiel a su vocación. Si le significas una tentación, aléjate y exígele que viva con autenticidad su consagración. ¡Ánimo, hermanos sacerdotes!

(22 de mayo de 2010)

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