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Espiritualidad sacerdotal: mis consejos sencillos y sinceros

Espiritualidad sacerdotal: mis consejos sencillos y sinceros

En la fiesta de San José, Custodio del Redentor, Nuestro Señor Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote.

Recordé antes que Jesucristo ha manifestado en sí mismo el rostro perfecto y definitivo del sacerdocio de la nueva Alianza, y que lo ha hecho en su vida terrena, pero sobre todo en el acontecimiento central de su pasión, muerte y resurrección. Él eligió a los Apóstoles, y Él sigue eligiendo a los sacerdotes, como sacramentos vivientes de Cristo sacerdote, presente y actuante en el mundo, para alabanza de la gracia de Dios y salvación de todos los hombres. Sí, somos sacerdotes, con un sacerdocio singular que es el mismo sacerdocio único y universal de Jesucristo.

Nosotros ejercemos este ministerio desde la debilidad. Debilidad de nuestra propia carne, porque somos vasijas de barro que nos podemos romper en cualquier momento, y debilidad de Dios en el mundo, que no ha querido actuar con su omnipotencia creadora sino con la fuerza del amor, de un amor que sirve, que respeta, un amor que calla y se deja matar para vencer la incredulidad y el orgullo de los hombres. La fuerza de nuestro ministerio está en la verdad y el poder de Dios que está en Cristo y actúa poderosamente en El y por El, transformando todas las realidades de nuestro mundo por medio del amor. Somos marginados y despreciados en muchas ocasiones, pero tenemos en nuestro poder la única fuerza capaz de transformar el mundo, la verdad del evangelio de la salvación, la fuerza del Espíritu Santo de Dios. Unos nos piden maravillas espectaculares, otros sabiduría y eficacia. Nosotros tenemos que anunciar siempre la bondad y el amor de Dios, manifestados en Cristo crucificado como centro y norma y esperanza de la vida humana, personal y colectiva (Cf I C, 1, 22-25; II C cc. 4 y 5).

La Iglesia de Jesucristo ha sido siempre débil y despreciable a los ojos del mundo. No nos tiene que sorprender lo que ahora estamos viviendo, a veces sin saberlo interpretar ni acoger cristianamente. Pero esta debilidad es más fuerte que todos los poderes del mundo, la locura de la cruz, porque es la locura del amor, es más sabia que la sabiduría de los sabios de este mundo, la debilidad del crucificado, porque tiene la fuerza del amor de Dios, es más fuerte que la fuerza de todos los imperios de este mundo. En estos momentos de dificultades Dios quiere que recuperemos la claridad y la fuerza de los orígenes. No soy quien para dar consejos a nadie, pero sí puedo manifestaros lo que en el ocaso de mi vida he podido descubrir con mi propia experiencia. He aquí unos consejos sencillos y sinceros que pueden ayudarnos a vivir con gozo nuestra vocación y asegurar el fruto de nuestro ministerio.

– Pongamos nuestro corazón enteramente en Jesucristo. Ningún plan, ningún proyecto, ninguna obra podrán vencer la fuerza del mal si no partimos de un amor resuelto y total por N. Señor Jesucristo, sin que sea El realmente el Señor y el dueño de nuestra vida. Sólo un amor total nos permite llegar a conocer la voluntad de Dios en la vida real. No valen los amores recortados, ni las entregas dosificadas. Hay que entrar del todo en la mente y en el mundo de Jesús. No busquéis nada, ni reconocimientos, ni afectos, ni promociones, ni comodidades, ni éxitos de ninguna clase sino el amor de Cristo. Quedáos ya ahora desnudos de todo con El en el servicio del Padre y de su Iglesia. Ahora ya como en el momento de la muerte.

Que sea El el modelo permanente, la única aspiración de nuestra vida, vivamos con El y como El, como los Apóstoles, hagamos comunidad con el Señor, comunidad de oración, comunidad de fondo común y de pobreza y de amor a los pobres, comunidad de disponibilidad y de servicios, comunidad de valentía y de profetismo, vivamos con El la muerte a todas las cosas de este mundo y la vida de amor escondida en el corazón del Padre celestial. Que nuestra parroquia, que nuestra Iglesia sea de verdad una comunidad de hermanos presidida por el mismo Jesús, por medio del Obispo y de nosotros mismos sus primeros colaboradores. Si queremos salir del decaimiento y recuperar el vigor religioso de nuestras iglesias, obispos y sacerdotes tenemos que volver a la disciplina estricta del seguimiento evangélico de Jesús, tenemos que reproducir con claridad la fuerza testimoniante de los tiempos apostólicos.

– Del todo de Cristo en la Iglesia. No se puede definir la naturaleza y la misión del sacerdocio ministerial si no es dentro de un multiforme y rico conjunto de relaciones que brotan de la Santísima Trinidad y se prolongan en la comunión de la Iglesia, como signo e instrumento, en Cristo, de la unión con Dios y de la unidad de todo el género humano. Por ello, la eclesiología de comunión resulta decisiva para descubrir la identidad del presbítero, su dignidad original, su vocación y su misión en el Pueblo de Dios y en el mundo. La referencia a la Iglesia es pues necesaria, aunque no prioritaria, en la definición de la identidad del presbítero.

En efecto, la Iglesia está esencialmente relacionada con Jesucristo: es su plenitud, su cuerpo, su esposa. Es el «signo» y el «memorial» vivo de su presencia permanente y de su acción entre nosotros y para nosotros. El presbítero encuentra la plena verdad de su identidad en ser una derivación, una participación específica y una continuación del mismo Cristo, sumo y eterno sacerdote de la nueva y eterna Alianza: es una imagen viva y transparente de Cristo sacerdote. El sacerdocio de Cristo, expresión de su absoluta «novedad» en la historia de la salvación, constituye la única fuente y el paradigma insustituible del sacerdocio del cristiano y, en particular, de la vida del presbítero. La referencia a Cristo es, pues, la clave absolutamente necesaria para la comprensión de nuestro ser y nuestra vida sacerdotales. (Pastores dabo vobis, n. 12).
Y este encuentro con Cristo nos lo ofrece sólo y siempre la Iglesia, la Iglesia una, santa y católica, la Iglesia de los Apóstoles, de los Padres, de los Doctores y de los Mártires. La Iglesia de los santos de todos los lugares y de todos tiempos es la que nos da de verdad a Jesús, la que nos hace a todos hermanos, la que nos encomienda esta misión excelsa de hacer presente en todas partes el sacerdocio de Jesús, por eso no la podemos sustituir ni equiparar por ningún grupo, por ninguna familia, por ninguna clasificación que nos separe y nos haga parecer mejores que los demás. No se puede ser del todo de Jesucristo, sin ponerse enteramente en manos de la Iglesia, del Obispo, de los Obispos y del Papa. No se puede servir la fe de los demás si no lo hacemos en nombre y en comunión con la Iglesia. Quien soy yo para decir cómo tiene que ser el cristianismo?

– Hagamos presente esta hermandad y esta presidencia de Jesús entre los hombres y mujeres de carne y hueso, mediante el sacramento de la Eucaristía intensamente vivido, trabajemos para que la Eucaristía dominical sea realmente el encuentro de todos sus discípulos con el Señor, para escuchar su Palabra, para unirnos espiritualmente con El comiendo su carne y bebiendo su sangre, limpios de pecado y consagrados a Dios, ofrecidos a Dios en un sacrificio de amor y de obediencia, para hacer verdad en un abrazo de paz y en una convivencia de hermanos el don de la reconciliación y de la fraternidad universal.

Hagamos que la Eucaristía dominical sea el cimiento de nuestra Iglesia y el fermento de un mundo nuevo y diferente construido día a día por los cristianos según la voluntad de Dios, Padre de todos los hombres. Una buena Eucaristía requiere varias horas de trabajo, estudio, oración, confesionario.

– Dejemos a un lado los pequeños y vergonzosos pecados de nuestros egoísmos, de nuestras vanidades, de nuestras pretensiones y divisiones, que cesen las críticas, que se terminen las envidias, que se callen los pequeños resentimientos, que se calmen las falsas euforias de los personalismos y las amargas decepciones de las pequeñas ambiciones frustradas. En la convivencia de cada día, los mayores tenemos que ser benévolos y pacientes con los más jóvenes ayudándoles a madurar y a crecer en su ministerio sin decepcionarles ni transmitirles nunca sentimientos de desaliento o desconfianza. El Papa evoca con agradecimiento la persona de su primer párroco cuando comenzó a actuar como joven sacerdote.

Pongamos por delante el amor del Señor, pongamos por delante el servicio apasionado al evangelio, pongamos por delante la necesidad espiritual de nuestras familias, la urgente necesidad de nuestros jóvenes, el desconcierto de tanta gente buena que necesita de nosotros y espera y tiene derecho a recibir de nosotros la palabra de Jesús, la experiencia de su amor y de su perdón, la urgencia y el aliento de su ejemplo, de su corrección, de su ayuda sincera, el consuelo y la fuerza de su esperanza. Venzamos las tentaciones de comodismo, de desaliento, de cansancio, que son siempre tentaciones de falta de amor y de confianza en el Señor, pongamos la vida entera en servir al Señor con entusiasmo y con alegría para que su Palabra ilumine la vida de nuestros feligreses y el ambiente de nuestros pueblos y ciudades, para que el Espíritu de Dios cambie los corazones de nuestra gente, para que nuestras parroquias y asociaciones sean fermento de un mundo nuevo, construido sobre el cimiento de la fe en el amor de Dios, un mundo en el que Dios sea reconocido y alabado como Padre de vida y fuente de esperanza eterna, un mundo en el que sea posible la justicia y la paz en el reconocimiento de la ley de Dios, Padre de todos los hombres.

El Obispo con su Presbiterio, los Presbíteros con el Obispo, forman en la Iglesia la primera comunidad de creyentes, el primer núcleo de los discípulos de Jesús. Cuando después de la ordenación, el presbítero promete obediencia a su Obispo, el Obispo también queda comprometido a ser padre y hermano de cada uno de sus presbíteros. Ese amor se tiene que ver en la solicitud de unos por otros, en la obediencia común a la voluntad del Señor y a las necesidades del Pueblo de Dios, sin críticas, sin particularismos, sin reticencias de ninguna clase. Vivimos cerca unos de otros y por eso mismo el amor verdadero resulta a veces más difícil y más sacrificado. La santidad personal y la fecundidad religiosa de nuestro ministerio dependen en buena parte de esta unidad afectiva y efectiva entre el Obispo y los miembros del Presbiterio. Si nuestra vida es de verdad sacerdotal, tengamos en cuenta que nuestro sacerdocio exige la convergencia de todos en la unidad con Cristo que es la fuente de la unidad de la Iglesia, una unidad que la tenemos que construir y vivir nosotros, en la vida de cada día, con el amor y la obediencia.
La vida y el ministerio del presbítero serán a la vez muy personales y muy eclesiales. Estrechamente unido al Obispo, el presbítero tendrá que presidir y animar la vida de varias comunidades, centrándose en las tareas esenciales e incorporando a su trabajo a otras personas, diáconos o laicos que quieran participar activamente en la misión apostólica y evangelizadora de la Iglesia. El ministerio del obispo y el de los presbíteros tendrá que estar inserto en una red de colaboradores que amplíen y sostenga la presencia y la acción evangelizadora de la Iglesia.

– Nuestros fieles viven un poco angustiados al ver la creciente debilidad de la Iglesia en nuestra sociedad, y nos preguntan con frecuencia cómo será la Iglesia del futuro. No es fácil responder honestamente a esta pregunta, nadie puede saber lo que ocurrirá en el futuro. Sólo hay una cosa segura, Dios nos irá diciendo lo que tenemos que hacer por medio de las necesidades de los hermanos, por medio de las debilidades y las carencias de nuestra propia Iglesia. Fijándonos en lo que ahora está ya ocurriendo, vemos dos rasgos que cada vez aparecen como más necesarios.

Cada vez son más escasos los signos de la presencia de Dios en el mundo, cada vez los hombres y mujeres son menos sensibles a estos signos que nunca pueden faltar del todo, por eso el sacerdote de los años próximos tendrá que ser cada vez más testimoniante, más discípulo, con una vida más evangélica, más parecida a la de Jesús, más imitador de la vida de Jesús con sus discípulos, dedicado a la oración y al anuncio del Reino de Dios, viviendo en pobreza, con desprendimiento de las cosas y de los bienes terrenos, desentendido de las oportunidades de la buena vida que ofrece nuestro mundo, un hombre de Dios, al servicio de todos, con austeridad monacal y generosidad de buen samaritano, signo viviente de la presencia y de la generosa bondad de Dios en el mundo.

Por otra parte, en un mundo que se olvida de Dios, dominado por las ocupaciones y las ambiciones de la vida material, nuestro ministerio tendrá que centrarse cada vez más en el anuncio de lo substancial, el anuncio de la existencia, de la providencia amorosa de dios, el anuncio de su salvación que está en la persona histórica y concreta de Cristo. En este mundo de tantos silencios tenemos que volver a ser la voz potente del profeta que grita en el desierto la presencia de Dios.

Nuestro ministerio tiene que ser cada vez más la palabra profética que descubre la presencia de Dios, que señala a Cristo como camino de vida y de salvación. No podemos dejar que nuestra vida se disgregue en mil solicitudes materiales sin vivir intensamente lo principal. Frente a la problemática de la sociedad y de la cultura contemporánea, tenemos que replantearnos seriamente nuestro estilo de vida y clarificar las prioridades de nuestro ministerio ante las nuevas necesidades de nuestros hermanos. El presbítero del tercer milenio será, en este sentido, el continuador de los presbíteros que, en los milenios precedentes, han animado la vida de la Iglesia. También en el dos mil la vocación sacerdotal continuará siendo la llamada a vivir el único y permanente sacerdocio de Cristo.

Pero la vida y el ministerio del sacerdote deben también a cada época y a cada ambiente de vida. Entendiendo que “adaptarse” no es asumir las formas de vida de nuestro mundo, no es condescender con los gustos y exigencias del mundo, sino recuperar aquellas formas del ministerio de Cristo que mejor respondan a las necesidades y carencias de nuestros hermanos. Por ello, por nuestra parte debemos abrirnos a la iluminación superior del Espíritu Santo, para descubrir las necesidades espirituales más profundas de nuestra sociedad, determinar las tareas concretas más importantes, los métodos pastorales más eficaces y así responder de manera adecuada a las esperanzas humanas Cf Pastores dabo vobis, n. 4).

El Sacerdocio es el amor del corazón de Jesús, repetía con frecuencia el Santo Cura de Ars. Esta conmovedora expresión nos da pie para reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes, no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma. El Papa nos invita a fortalecer nuestro corazón pensando en tantos presbíteros que con humildad repiten cada día las palabras y los gestos de Cristo a los fieles cristianos y al mundo entero, identificándose con sus pensamientos, deseos y sentimientos, así como con su estilo de vida. ¿Cómo no admirar y agradecer sus esfuerzos apostólicos, su servicio infatigable y oculto, su caridad que no excluye a nadie? ¿cómo no admirar y agradecer la fidelidad entusiasta de tantos sacerdotes que, a pesar de las dificultades e incomprensiones, perseveran en su vocación de “amigos de Cristo”, llamados personalmente, elegidos y enviados por Él? En esta hora tan exigente no nos faltan modelos cercanos y admirables que nos animan a vivir nuestro sacerdocio con la plena entrega de nuestras vidas.

Quiero incorporar aquí las palabras que el Santo Padre dirigió a los sacerdotes con ocasión de la fiesta de Navidad. Son unas palabras verdaderamente paternales que hablan de corazón a corazón.

«La oración ocupa necesariamente un sitio central en la vida del Presbítero. No es difícil entenderlo, porque la oración cultiva la intimidad del discípulo con su Maestro, Jesucristo. Todos sabemos que cuando ella falta la fe se debilita y el ministerio pierde contenido y sentido. La consecuencia existencial para el Presbítero será aquella de tener menos alegría y menos felicidad en el ministerio de cada día. Es como si, en el camino del seguimiento a Cristo, el Presbítero, que camina junto a otros, comenzase a retardarse siempre más y de esta manera se alejase del Maestro, hasta perderlo de vista en el horizonte. Desde este momento, se encuentra perdido y vacilante.

«San Juan Crisóstomo, comentando en una homilía la Primera Carta de San Pablo a Timoteo, advierte sabiamente: “El diablo interfiere contra el pastor. Esto es, si matando las ovejas el rebaño disminuye, eliminando al pastor, él destruirá al rebaño entero”. El comentario hace pensar en muchas de las situaciones actuales. El Crisóstomo advierte que la disminución de los pastores hace y hará disminuir siempre más el número de los fieles de la comunidad. Sin pastores, nuestras comunidades quedarán destruidas.

«Pero quisiera hablar aquí de la necesidad de la oración para que, como dice el Crisóstomo, los Pastores venzan al diablo y no sean cada vez menos. Verdaderamente sin el alimento esencial de la oración, el Presbítero enferma, el discípulo no encuentra la fuerza para seguir al Maestro y, de esta manera, muere por desnutrición. Consecuentemente su rebaño se pierde y, a su vez, muere.

«Cada Presbítero, pues, tiene una referencia esencial a la comunidad eclesial. Él es un discípulo muy especial de Jesús, quien lo ha llamado y, por el sacramento del Orden, lo ha configurado a sí, como Cabeza y Pastor de la Iglesia. Cristo es el único Pastor, pero ha querido hacer partícipe de su ministerio a los Doce y a sus Sucesores, por medio de los cuales también los Presbíteros, aunque en grado inferior, participan de este sacramento, de tal manera que también ellos llegan a participar en modo propio al ministerio de Cristo, Cabeza y Pastor. Esto comporta una unión esencial del Presbítero a la comunidad eclesial. El no puede hacer menos de esta responsabilidad, dado que la comunidad sin pastor muere. Como Moisés, el Presbítero debe quedarse con los brazos alzados hacia el cielo en oración para que el pueblo no perezca.

«Por esto, el Presbítero debe permanecer fiel a Cristo y fiel a la comunidad; tiene necesidad de ser hombre de oración, un hombre que vive en la intimidad con el Señor. Además, tiene la necesidad de encontrar apoyo en la oración de la Iglesia y de cada cristiano. Las ovejas deben rezar por su pastor. Pero cuando el mismo Pastor se da cuenta de que su vida de oración resulta débil es entonces el momento de dirigirse al Espíritu Santo y pedir con el ánimo de un pobre. El Espíritu volverá a encender la pasión y el encanto hacia el Señor, que se encuentra siempre allí y que quiere cenar con él. Junto al pesebre, el Niño Jesús non invita a renovar hacia El aquella intimidad de amigo y de discípulo para poder enviarnos de nuevo como sus evangelizadores».

Fernando Sebastián Aguilar
19 de marzo de 2010

Tomado de:
http://infocatolica.com/blog/veritasincaritate.php/1003190859-espiritualidad-sacerdotal-mis

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