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Retiro sacerdotal de Adviento: La alegría del sacerdote (2003)

 

RETIRO SACERDOTAL DE ADVIENTO
(28 de noviembre de 2003)

MEDITACIÓN
“LA ALEGRÍA DEL SACERDOTE”
Fil. 4, 4-9

Queridos amigos sacerdotes:

Un nuevo Adviento en nuestra vida. Un tiempo de alegre espera y de feliz esperanza, del Nacimiento del Señor. Y ello aunque sepamos muy bien lo que las Navidades tienen de negativo en forma de ruido y consumismo, de egoísmo y de paganización, para muchos de un radical olvido de la dimensión maravillosamente cristiana de la conmemoración del Nacimiento de un niño que es la Palabra de Dios que se ha hecho hombre y ha acampado entre nosotros, de total olvido de la alegría propia de unas fiestas entrañablemente cristianas.

Pero nosotros, además y por encima de nuestro sacerdocio, somos cristianos, nos sabemos discípulos de Jesús, a pesar de nuestros fallos, conservamos la fe, la esperanza y la caridad, gracias a la ayuda del Señor, del Espíritu, y nuestro corazón se abre con alegría a la luz que nos llega desde el que nace de la Virgen María, acompañada de San José, adorado por los pastores, adorado por los Magos. Y aunque en nosotros se mezclen nostalgias humanas y familiares, incluso aunque caigamos en celebraciones no del todo cristianas, nuestras referencias más profundas se dirigen a Belén, a Jesús que nace, a la Virgen Madre y a San José.

De ahí que sea importante que en este Retiro, recemos y reflexionemos sobre la alegría, o más en concreto, sobre la alegría del sacerdote. No se trata de una cuestión sin importancia. Lo sabemos todos por experiencia. Es un tema sobre el que es bueno, no sólo rezar, sino también examinarnos, examinarnos en orden a nuestra conversión.

¿Vivimos realmente la alegría cristiana, en cuanto sacerdotes?.

En la carta a los Hebreos podemos leer: “Obedezcan a sus dirigentes (presbíteros y Obispos) y sométanse a ellos, puesto que tienen que cuidar de Vds. y rendir cuentas a Dios. Procuren que puedan cumplir este deber con alegría y no con lágrimas, ya que otra cosa no les beneficiaría” (Hbr. 13, 17).

¿Ejercemos nuestro ministerio con alegría o lo ejercemos con tristeza y lágrimas?. Es una pregunta fundamental, aunque no sea fácil hablar de la alegría en general y de nuestra alegría en particular. Es mucho más fácil hablar de lo rutinario, es decir, hablar de sufrimientos, de tristezas y desánimos, de fracasos y depresiones, o de las innumerables situaciones de dolor que se dan en nuestras vidas y en el mundo entero.

Hablar del dolor es relativamente fácil. O hablar de la angustia y de los desánimos. ¿Por qué es tan difícil decir algo significante y sustancial sobre la alegría?

En primer lugar, porque la verdadera alegría es rara en nuestro mundo y también en nuestra Iglesia. Predominan los sentimientos pesimistas. El mundo, además, está repleto de guerras y violencias, de miserias y de catástrofes naturales. También en la Iglesia hay motivos para lamentarse y estar descontentos. La alegría, por tanto, es una rara especie, algo maravilloso pero, en el fondo, algo extraño o raro.

En segundo lugar, porque la alegría es un don, ocurre sin que sepamos muy bien la razón, no se puede obtener a partir de un simple deseo, es una realidad que desciende de lo alto. Es algo así como la paz, que proviene del corazón de Dios. No existen recetas para obtener la alegría y tal vez por ello, en la Teología se habla muy poco de la alegría. Y, sin embargo, la alegría es un fruto del Espíritu Santo (Cf. Gal. 5, 22) y de ella nos hablan más los santos que los teólogos. Recordemos, como ejemplo, las preciosas afirmaciones de un San Francisco de Asís, de San Francisco de Sales, de Santa Teresita, de Santa Teresa… sobre la alegría.

Podemos desarrollar el tema de la alegría en cuatro momentos:

– Podemos comenzar desde la Revelación
– Podemos evocar algunos auténticos manantiales de alegría que nos ofrece el N.T.
– Podemos subrayar algunos obstáculos con los que nos encontramos para vivir la alegría
– Podemos, por último, ofrecer algunas experiencias y persuasiones de sacerdotes, en relación con la alegría.

La alegría en la Biblia.

Entre los muchos pasajes bíblicos posibles, podemos detenernos a contemplar aquel que nos narra las Bodas de Caná (Cf. Jn. 2, 1-11): Jesús transforma el agua en vino, un vino extraordinariamente bueno. Lo hace para un banquete de bodas. Y lo hace a petición de la Virgen María, su madre.

Es cierto que no se hace mención alguna directa de la alegría. Solamente se dice que “Jesús manifestó su gloria”, aunque lo dice ciertamente en un ambiente lleno de alegría como se da en toda fiesta de bodas en la que todo va bien. Que se trata de alegría lo constata el propio Evangelio de Juan, cuando recuerda las palabras de Juan del Bautista: “La esposa pertenece al esposo. El amigo del esposo que está junto a él y lo escucha, se alegra mucho al oír la voz del esposo, por eso, mi alegría se ha hecho plena” (Jn. 3, 29). Y la presencia “del esposo” está allí, en Caná.
Y no se trata sólo de la alegría que proviene de Jesús y llena a todos los comensales que participan en el banquete de bodas. Se trata también del símbolo de la alegría que es el vino, del cual el Salmo 104 afirma que “alegra el corazón del hombre” (v. 15). 

El vino significa lo “superfluo necesario”, lo que siendo accesorio es necesario, en el sentido de que se puede vivir sin vino, pero que en la cultura bíblica representa algo sin lo cual la vida humana no es lo que debería ser. El vino no es necesario, pero no se puede menos de echarlo en falta y, particularmente, es inconcebible una fiesta de bodas, un banquete de bodas, sin él.

Esta será la razón de las palabras de la Virgen María: “No tienen vino”. Indican una grave carencia, la carencia de una fuente de alegría. Se puede vivir la existencia, se pueden cumplir todas las obligaciones, pero sin alegría no existe impulso alguno, no existe el gusto de vivir, la vida no tiene sabor, resulta aburrida e insulsa.

La alegría es un ingrediente necesario y, al mismo tiempo, muy delicado. Santo Tomás afirma que la alegría es fruto de la caridad, no es virtud en sí misma. No es algo que se puede fabricar para uno mismo y de forma directa. Pero sin embargo es fundamental, como lo es la caridad. En la vocación del sacerdote, la falta de alegría se deja sentir mucho antes que la falta de ilusión, de valentía, de creatividad, de iniciativa, y da lugar a una inclinación al pesimismo y al mal humor, a un miedo a todo y a un lamentarse por todo. Y el resultado es que la condición de nuestra existencia se convierte en algo penoso, en un peso muerto, para la vida del sacerdote. 

El milagro de las bodas de Caná nos introduce así en esa realidad que es la alegría, realidad necesaria aunque no sea fácil.

Algunos manantiales de la alegría, en el Nuevo Testamento

El primer manantial o la primera fuente de la alegría que nos ofrece el N.T., es la alegría de Jesús, una alegría que contagia a los que le acompañan o a los que creen en él. Lo repite varias veces en el Evangelio de San Juan: “Les he dicho todo esto para que participen en mi gozo, en mi alegría, y su alegría, su gozo, sea completo” (Jn. 15, 11).

Nuestra alegría, por tanto, proviene de Jesús, y comunicada por él, es completa, es perfecta.

Y añade en el versículo 17, 13: “Si digo estas cosas mientras estoy en el mundo, es para que ellos puedan participar plenamente en mi alegría”.

La primera fuente de alegría, es la alegría de Cristo-Jesús, como Hijo del Padre, como Resucitado, como contemplativo del rostro del Padre. Y una tal presencia de Jesús, nos llena de alegría: “Cuando una mujer va a dar a luz, siente tristeza, porque le ha llegado la hora; pero cuando ha nacido el niño, su alegría le hace olvidar el sufrimiento pasado y está contenta por haber traído un niño al mundo. Pues lo mismo Vds.; de momento estarán tristes; pero volveré a verles y de nuevo se alegrarán, con una alegría que nadie les podrá quitar” (Jn. 16, 21-22). Será y es la presencia del Resucitado la que nos da la alegría, una alegría de la que nadie nos podrá despojar, puesto que se trata de la más auténtica alegría que viene de Dios.

De acuerdo con el N.T., la fuente más profunda y rica de la alegría, es por tanto la participación en la alegría de Jesús, especialmente de Jesús Resucitado. Y desde ahí, nace la participación en su unidad con el Padre; se trata, pues, de la alegría última y más radical, la alegría como anticipación de la alegría eterna, la alegría de la contemplación del rostro de Dios; la verdadera alegría será la alegría eterna.

En el Evangelio de Lucas (10, 10), escuchamos al Señor decir a los discípulos que había enviado a la misión: “sin embargo, no se alegren de que los espíritus se les sometan; alégrense más bien de que sus nombres están escritos en el cielo”. De nuevo la insistencia sobre la alegría eterna que se realiza ya en el encuentro con Jesús, en su presencia en medio de ellos, en la participación de los discípulos en su propia alegría. Esta alegría, propia de cada cristiano, es por tanto participación en la alegría de la Trinidad, es decir, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Se trata en consecuencia, de toda otra alegría, según la Escritura.

Una segunda fuente de alegría es la revelación del misterio de Dios a los pequeños, subrayada también en el Evangelio de Lucas: “En aquel momento, el Espíritu Santo llenó de alegría a Jesús, que dijo: yo ta alabo, Padre, Señor del Cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes y se las has dado a conocer a los sencillos” (Lc. 10, 21).

Es, de forma más general, la alegría de ofrecer el sentido de la existencia, a las almas más simples y sencillas. Para nosotros, será la alegría de ofrecer unas catequesis adecuadas, de predicar aclarando el sentido de la Palabra de Dios, de ofrecer consejos adecuados a los que acuden a nosotros, de acogerlos con cariño, la alegría de toda relación significativa con los demás, que ayude a unas personas a acoger el designio de Dios sobre sus vidas, la alegría que produce consolar a quién desespera…

Esta alegría se extiende, según el testimonio del N.T., de tal forma que podemos afirmar que es fuente de alegría una comunidad cristiana que camina en conformidad con el plan salvador de Dios. Todos lo sabemos de algún modo por experiencia. San Pablo lo repite con frecuencia, como por ejemplo, en la Carta a los Filipenses (2, 1-2): “Si de algo vale una advertencia hecha en nombre de Cristo, si de algo sirve una exhortación nacida del amor, si vivimos unidos en el Espíritu, si tienen Vds. un corazón compasivo, denme la alegría de tener los mismos sentimientos, compartiendo un mismo amor, viviendo en armonía y sintiendo lo mismo”. Tal vez sea raro un completo acuerdo en una comunidad cristiana. Pero cuando se produce, el pastor vive una inmensa alegría, la alegría que el Apóstol tanto deseaba. Por otra parte no es preciso recordar que todos nosotros trabajamos siempre con el objetivo de hacer crecer la unidad en nuestra comunidad: nuestra misión central, en cuanto sacerdotes, será de dar cohesión eclesial, comunitaria, a la fe de cada cristiano, y para ello presidimos la Eucaristía, ofrecemos el perdón de Dios en la Confesión, proclamamos la Palabra de Dios, impulsemos las catequesis… etc.

Otro testimonio neotestamentario lo encontramos en la 3ª Epístola de San Juan (4): “Nada me produce tanta alegría como oír que mis hijos son fieles a la verdad”. Siempre nos alegrará sobremanera el que nuestra gente viva o permanezca en la verdad de Dios o que progrese en ella.

Volviendo a la Carta de San Pablo a los Filipenses, descubrimos una fuente de alegría y, al mismo tiempo, una comunidad que sabe agradecer a Dios lo que le ha ofrecido y que expresa su agradecimiento. Ello significa la grandeza de la alegría por su misma gratitud y, como un don de Dios, puede vivirla y contemplar esa vivencia: “mi alegría como creyente ha sido grande al ver renacer el interés de Vds. por mí”. Y después el propio San Pablo se corrige, para dejar claro que no se trata de que antes no existiera, y añade: “De hecho la tenían Vds. ya, pero no habían tenido ocasión de manifestarlo” (Fil. 4, 10).

En todo caso es preciosa la expresión “ver renacer el interés de Vds. por mí”. Hay sacerdotes que se lamentan de no obtener respuesta de su comunidad, de no ser apreciados. Se dan casos o circunstancias, sin embargo, en las que parece que el sacerdote se había equivocado, ya que, de hecho, la comunidad lo quería más de lo que él pensaba, y se sentía muy unida a su cura. Todos conocemos casos en los que las comunidades parroquiales que parecían vivir indiferentes a su párroco, se han mostrado totalmente interesadas de la situación de su cura con ocasión de una enfermedad de éste, y que ha expresado agradecimiento, afecto, cariño, deseo de ayudarle, hasta el punto que el propio sacerdote ha tenido que reconocer, en contra de lo que decía y pensaba, que le querían de verdad. Y algo parecido ocurre con no pocos traslados… Pasa como con las familias: no nos andamos dándonos las gracias unos a otros o diciéndonos cosas bonitas…, pero basta ciertos acontecimientos para que el amor y el mutuo agradecimiento aparezcan en plenitud.

Resumiendo, la segunda fuente de alegría en el N.T. es la revelación a los pequeños, la alegría de ofrecer un sentido de la vida a los más sencillos, la alegría de comprobar que la comunidad camina por las sendas del Evangelio, la alegría de descubrir que la comunidad expresa su agradecimiento, a Dios y a su sacerdote.

Una tercera fuente de alegría para el sacerdote es el encontrar lo que se había perdido. Tal vez lo más importante en el N.T. San Lucas lo repite tres veces en su Evangelio (cap. 15). Sobre todo en la parábola de la oveja perdida y hallada: “y cuando da con ella, se la echa a los hombros lleno de alegría y al llegar a casa, reúne a los amigos y vecinos y les dice: ¡Alégrense conmigo, porque he encontrado la oveja que se me había perdido!. Les aseguro que del mismo modo se llenarán de alegría los ángeles de Dios (Lc. 15, 5-7). Y en la misma línea, leemos la parábola de la dracma perdida: “O ¿qué mujer, si tiene diez monedas y se le pierde una, no enciende una lámpara, barre la casa y la busca con todo cuidado hasta encontrarla?. Y cuando la encuentra, reúne a sus amigas y vecinas, y les dice: ¡alégrense conmigo porque he encontrado la moneda que se me había extraviado!. Les aseguro que del mismo modo se llenarán de alegría los ángeles de Dios por un pecador que se arrepienta” (Lc. 15, 8-10).

Y la tercera ocasión en la que el Señor cita la alegría, es al final de la parábola del “hijo pródigo”, cuando el padre le dice al hijo que había permanecido con él en la casa: “Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Pero tenemos que alegrarnos y hacer fiesta porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado” (Lc. 15, 31-32).

Se trata de la alegría característicamente apostólica, y es algo maravilloso que en los tres casos, la alegría brote a causa de un sólo encuentro. No se trata de una masa que vuelve, de una multitud de gente que retorna o es encontrada. Es suficiente uno para producir una gran alegría: una oveja, una moneda, un hijo.

Es algo que podemos experimentar y que a veces experimentamos en nuestra vida pastoral: no se trata de la alegría que nos puedan ofrecer las estadísticas, unas estadísticas que dan lugar a un marcado triunfalismo (o a un marcado pesimismo, como fuente de tristeza…), sino que basta el encuentro con una sola persona que se decide a recorrer un camino serio hacia el Señor. Un sólo caso debe ser suficiente para llenarnos de alegría. Un sólo caso es suficiente para poner de manifiesto la victoria de Cristo. Esta será la razón de que jamás caigamos en ese pesimismo que nos lleva a la tristeza, que nos roba la alegría, propio de progresistas y conservadores, cuando basándose en datos estadísticos, nos hablan de descristianización, de secularismo, de carencia de vocaciones al sacerdocio o a la vida consagrada… ¡y de cosas semejantes!. No es esa la lectura que Jesús hace de los acontecimientos y de su alegre repercusión en el cielo.

Una cuarta fuente de alegría, subrayada en el N.T., es muy paradójica: la alegría en las persecuciones y pruebas. Podríamos citar no pocos textos de los Evangelios, del Libro de los Hechos de los Apóstoles y de las Epístolas de San Pablo y de San Pedro.

Podemos empezar con la Carta más antigua del N.T., la dirigida a los Tesalonicenses: “Por parte de Vds., siguieron nuestro ejemplo y el del Señor, recibiendo la palabra en medio de grandes tribulaciones, pero con la alegría que viene del Espíritu Santo” (1 Tes. 1, 6).

En el libro de los Hechos podemos leer: “Ellos (los apóstoles) salieron de la presencia del Sanedrín llenos de alegría por haber merecido tal ultraje por causa de aquel nombre (por el nombre de Jesús)” (Hch. 5, 41). Se trata de la paradoja del Evangelio, es decir, de la novedad de la alegría o de la novedad de la causa de la alegría. Lo dicho antes estaba ya de algún modo presente durante la vida de Jesús. Sin embargo, lo más específico del N.T. es la alegría en las pruebas, en las persecuciones y tribulaciones.

Aunque en todo caso hay que decir que el texto más importante, sin duda, es aquel de las Bienaventuranzas y, más en particular, la última, la más larga y la más subrayada: “Dichosos Vds. cuando los hombres les odien, y cuando les excluyan, les injurien y maldigan su nombre a causa del Hijo del Hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el Cielo; que lo mismo hicieron sus antepasados con los profetas” (Lc. 6, 22-23). Lo que los salmos dicen de la alegría con Dios (“Alégrense, exulten de gozo, en el Señor!”), aquí se aplica a la persecución: “Alégrense y exulten de gozo, porque por ello su recompensa será más grande en el Cielo!”.

Otra referencia la encontramos en la 1ª Carta de San Pedro, en su síntesis final: “¡Alégrense, más bien, porque comparten los padecimientos de Cristo, para que también se regocijen alborozados cuando se manifieste su gloria. Dichosos si son ultrajados, por el nombre de Cristo; eso indica que el Espíritu glorioso de Dios reposa sobre Vds.” (2ª Pdr. 4, 13-16).

El Apóstol Santiago, en su Epístola, nos dice: “Consideren como alegría colmada, hermanos míos, el estar rodeados de pruebas de todo género”, y acaba el párrafo afirmando, “Dichoso el hombre que aguante en la prueba” (Sant. 1, 2 y 12), “porque una vez superada la prueba recibirá la corona de vida que el Señor ha prometido a aquellos que lo aman” (idem).

Una tal experiencia, constante en el N.T., que nos llega al corazón, que muchas veces oímos pero que después olvidamos, es realmente una de las experiencias más difíciles. Hemos de considerar, sin embargo, decisiva, esa experiencia, para la alegría del siervo del Evangelio y representa la alegría prometida a los ministros del Evangelio.

No por casualidad San Pablo, gran servidor del Evangelio, lo expresa continuamente. En su Epístola a los Filipenses, hablando del posible fracaso de su vida, de su próximo martirio que ya le espera, porque su ministerio no ha sido reconocido, escribe: “Y aunque tuviera que ofrecerme en sacrificio al servicio de su fe, me alegraría y congratularía con todos Vds. Por lo mismo, alégrense también Vds. y regocíjense conmigo” (Fil. 4, 10). Y añade: estén siempre alegres en el Señor; se lo repito, estén alegres… Que nada les angustie” (Fil. 4, 4 y 6).

Y en su segunda carta a los Corintios, el mismo Pablo, en su epístola que podríamos definir como la carta de la alegría en la pruebas, afirma: “El es el que nos conforta en todas nuestras tribulaciones, para que, gracias al consuelo que recibimos de Dios, podamos nosotros consolar a todos los que se encuentran atribulados” (2ª Cor. 1, 4). E insiste en ese tema “prueba-consuelo” poco después: “Tengo gran confianza en Vds. y estoy tan orgulloso de Vds. y tan lleno de consuelo que la alegría supera todas nuestras tribulaciones” (2ª Cor. 7, 4). Y es que San Pablo ha comenzado a sentir que la verdadera alegría le ha sido dada como un don de Dios. Es algo que para comprenderlo nosotros, necesitaríamos una vida entera.

La experiencia de San Pablo se refleja también en esos tres textos que llamamos justamente “paradojas del apostolado”, de las Cartas a los Corintios, dos de la segunda y una de la primera: “miseria y gloria”, “tristeza y alegría”, del servidor del Evangelio.

En la segunda carta a los Corintios (4, 7-11) leemos: “Pero este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que todos vean que una fuerza tan extraordinaria procede de Dios y no de nosotros. Nos acosan… pero no estamos abatidos; nos encontramos en apuros, pero no desesperados; perseguidos, pero no a merced de peligros; nos derriban, pero no llegan a rematarnos”.

Todo ello nos dice que cada servidor del Evangelio, siempre ha tenido la ocasión de reflexionar con frecuencia en esa paradoja de San Pablo, y que esa mezcla que ofrece San Pablo es realmente algo específico del servicio al Evangelio: las grandes pruebas y las grandes alegrías, se mezclan y se entrelazan mutuamente en nuestras vidas de sacerdotes, constituyendo una especie de síntesis de nuestra existencia sacerdotal. Creo que todos lo sabemos de algún modo, por experiencia.

Y leemos en 2ª Corintios (6, 4-10): “en toda ocasión nos comportamos como ministros de Dios, aguantando mucho, sufriendo grandes estrecheces y angustias; soportando golpes, prisiones, tumultos, duros trabajos, noches sin dormir y días sin comer. Procedemos con limpieza de vida… Unos nos ensalzan y otros nos denigran; unos nos calumnian y otros nos alaban. Se nos considera impostores, aunque decimos la verdad; quieren ignorarnos, pero somos bien conocidos…; nos tienen por tristes, pero estamos siempre alegres; nos consideran pobres, per enriquecemos a muchos; piensan que no tenemos nada, pero lo poseemos todo”.
Es cierto que no nos podemos aplicar al pie de la letra, las tribulaciones que describe San Pablo. Pero sí el transfondo de todo lo que dice. Hoy, el salario del Apóstol y de su existencia, no alcanza la dureza de lo que él pasó. Pero en nuestra sociedad, hay una visión negativa, un juicio peyorativo, un marcado desprecio, al clero en general, que nos alcanza también a nosotros… Lo he dicho muchas veces: la gente habla bien de su cura y muy mal del clero y de la Iglesia. Desde esa perspectiva… ¡ya lo creo que podemos entender y aplicarnos las palabras de Pablo!.

Y el tercer texto corresponde a la 1ª Epístola a los Corintios (4, 9-13): “Pues, al parecer, a nosotros los apóstoles, Dios nos ha destinado el último lugar, como condenados a muerte…; nos insultan y nosotros bendecimos; nos persiguen…, nos difaman… y respondemos con bondad, somos calumniados y consolamos…”.

Realmente que en las pruebas y dificultades o menosprecios que sufrimos, es donde aparece más plenamente la fuerza de Dios en nosotros, y ello es fuente de alegría.

El hecho es que del N.T., podemos concluir que en nuestro ministerio sacerdotal se dan sobradas razones para sobreabundar de alegría cristiana. No de una alegría exhibicionista o triunfalista, que derivaría de un cierto voluntarismo moral, sino de una alegría como fruto y don del Espíritu Santo.

Los obstáculos para la alegría del sacerdote.

Tendríamos, sin embargo, que preguntarnos por qué la alegría del sacerdote (y de los obispos…), es algo, de hecho, más bien raro. ¿Qué motivos se dan para que la anulemos e impidamos el transmitirla?.

Son muchas las razones y, en el fondo, todos las conocemos bien: son razones culturales, pastorales, personales y también espirituales.

Sobre todo y en primer lugar, nos entristece la escasa respuesta de nuestros feligreses y, particularmente, de los jóvenes, a nuestros esfuerzos pastorales, a nuestra entrega.

Una segunda razón, que no es fácil de analizar, es la falta de claridad respecto a las opciones pastorales, algo que lo vivimos en nuestras tareas, pero también lo criticamos de la Diócesis y de sus responsables. Cuando las opciones son numerosas y no existe claridad a la hora de escoger unas u otras, el resultado es divergencias en las opciones, discusiones sin fin, falta de acuerdo, incluso contradicciones entre unos y otros sacerdotes o entre unas y otras parroquias, y de ahí dimana una especie de continua confusión, una gran o pequeña desorientación, y, como consecuencia, una falta de alegría, precisamente porque la alegría brilla cuando se da la claridad en los medios y en los fines. Si nos sentimos seguros, si estamos de acuerdo y no necesitamos discutir o reñir a causa de las divergencias, somos capaces de cumplir con toda alegría todo lo que exige nuestra entrega propia de la caridad pastoral, aunque esa entrega nos exija sacrificios. Si nos sentimos confundidos, llenos de dudas, si tenemos miedo a decidirnos y nos bloqueamos respecto a lo que tenemos que hacer, la alegría desaparece.

En el fondo porque nos falta humildad, que es vivir en la verdad, para tomar conciencia de que vivimos una etapa de transición, marcada por el Concilio y por las grandes transformaciones sociales y culturales, en la que hay muchísimas cuestiones pastorales nuevas, que no admiten fórmulas del pasado y sin que todavía hayamos elaborado nuevas fórmulas. Dicho de otra manera, no aceptamos con humildad las tribulaciones propias de una etapa de crisis (en todas las dimensiones de la sociedad, de la Iglesia, de su Pastoral, de las concreciones del ministerio, de la moral, de la teología, de la cultura, del ser humano…) y no somos capaces de vivir y aceptar la desinstalación que entraña esas crisis, con espíritu evangélico, es decir, con paz y alegría, con paciencia y mansedumbre, con serenidad y con confianza en la acción del Espíritu Santo.

Hay también razones personales. La salud y el cuidado sin obsesiones de la misma, por ejemplo. Y aprender a cuidarnos cuando nos llega la enfermedad, obedeciendo a los médicos, con serenidad y paciencia.

En ocasiones, la alegría se ve bloqueada por una sobrecarga de actividades que nos impiden pensar y unos descansos imprescindibles. A las normales actividades, vamos añadiendo otras nuevas y, gradualmente, sin darnos cuenta, caemos en el agotamiento o en la depresión. Y es que nos falta la suficiente humildad para convencernos de que el sacerdote no está llamado a hacerlo todo en la pastoral, y no somos capaces de confiar en los militantes seglares y en las religiosas, y en promover los ministerios laicales. Queremos hacerlo todo, pensando que valemos para todo.

Existen también razones de carácter temperamental: en algunos se da una tendencia a replegarse sobre sí mismos, a no comunicarse con nadie (ni con los compañeros, ni con los Arciprestes y Vicarios, ni con el Obispo…), a una especie de timidez y de reticencia que les impide participar de la alegría de la gente.

Con frecuencia existe una seria falta de orden en la vida, en cada jornada de trabajo pastoral, que se oculta bajo el pretexto de que las demandas son muchas, tantas que no hay manera de encontrar tiempo para la oración, para la meditación, para la reflexión y la lectura o el estudio. Se olvidan de que la alegría necesita un equilibrio, no sólo físico, sino también psicológico.
El Cardenal Martini señala el problema de la soledad, hoy muy estrechamente conectada con el celibato. Todos sabemos que -como dice el Cardenal- hoy son muchos los que se hacen esta pregunta: ¿es el celibato fuente de alegría o lo es de tristeza?. Y como él dice, se dan interminables discusiones sobre el tema.

Transcribo su pensamiento casi literalmente:

Considerado como soledad, el celibato puede ser una fuente de tristeza, cuando el sacerdote se repliega sobre sí mismo en esa su soledad.

Sin embargo y más en general, el celibato por el Reino, puede ser vivido de una manera constructiva y positiva, como fuente de alegría entendida según el N.T. (una alegría que no excluye sacrificios y dificultades…), y para ello requiere al menos tres requisitos:

– Una buena salud psicológica, que haga capaz al sacerdote de vivir en unidad, unas relaciones pastorales con unas amistades reales y profundas con sus propios fieles, sin dejarse monopolizar por nadie en concreto.

– Una constante tensión espiritual que permita dedicar tiempo a la oración, al silencio, de forma que el cura pueda realizar su total donación, de sí mismo y de lo que hace, al Señor. Se trata de esa tensión espiritual viva y jamás olvidada, que ofrece una inmensa alegría a una vida célibe por el Reino. Hemos de convencernos que cuando nuestras responsabilidades aumentan, debemos encontrar más espacios o tiempos para la oración y el silencio. Si no lo hacemos así, la experiencia demuestra que la alegría es seriamente obstaculizada y hasta aborrecida, por las mil peticiones que nos hace la gente, o por nuestros propios lamentos que nacen de nuestro pesimismo, o por una multitud de prisas de aquel que hace más de lo que puede y sabe hacer. Y así surgen ahogos de trabajo que derivan a la tristeza y a la soledad, que finalmente acaban poniendo en cuestión el celibato.

– Un asumir de forma clara y decidida el celibato por el Reino, como proyecto de vida, de una vida plena de sentido, como carisma evangélico. Yo también pienso con el Cardenal Martini que ello se da en una mayoría de nuestros sacerdotes y que son minoría los que alzan sus voces contra el celibato. Así lo demostró, p.e., y era un momento de gran crisis, la encuesta al clero con ocasión de la Conjunta. Una encuesta que acaba de hacer un sociólogo americano, entre los curas de allí, ha constatado científicamente que la tasa de satisfacción existencial es mucho más alta entre los sacerdotes, que entre los laicos cristianos. Y no digamos respecto a los laicos no cristianos. Y su conclusión ha sido que de este hecho no se habla jamás, porque en general, las declaraciones públicas provienen de sacerdotes que se lamentan del celibato, es decir, que critican el celibato, mientras que los sacerdotes satisfechos, que aceptan con paz y alegría el celibato, jamás son interrogados.

Pienso -acaba el Cardenal Martini- que es muy importante, para sostener el carisma evangélico del celibato, mostrar abiertamente que tiene sentido, aunque sea un sentido que pueda acompañar a una vida difícil, con sus riesgos (¡y también, hoy, el matrimonio tiene sus riesgos!), pero que representa una vida llena de aspectos positivos y que merece la pena vivirse porque es fuente de auténtica alegría.

Si estos requisitos que acabo de indicar se dan, la irradiación espiritual y pastoral, está asegurada. Si por el contrario, falta alguno de ellos, la tristeza siempre aparecerá en la vida del sacerdote.

Vemos también las razones de orden espiritual:

La falta de oración y de espíritu de fe, impiden ver la gracia de Dios en las pruebas. La prueba en esos casos, se considera un incidente, algo que no debiera haberse producido, que constituye un obstáculo, que es preciso superar a cualquier coste. Como consecuencia, perdemos una auténtica ocasión para purificarnos y para crecer, humana y sacerdotalmente. Y no se ve la gracia que comporta la prueba, porque esa gracia nace del espíritu de fe, y en el momento que las tribulaciones, o las dificultades, o los disgustos, que casi siempre se dan en el ministerio, hacen su aparición, fácilmente caemos en la confusión, en el desconcierto y en la tristeza, en el desánimo y hasta en la depresión, y en no pocas ocasiones en la agresividad, contra los fieles, contra los compañeros, contra nuestros dirigentes eclesiales…

– Otra razón es la carencia de un alimento espiritual, de resonancias bíblicas y teológicas. Tenemos que convencernos de que necesitamos de ideas amplias y de grandes horizontes, de que tenemos la necesidad de re-pensar siempre las razones por lo que hacemos lo que estamos haciendo, evitando así la rutina que vacía de contenido evangélico y evangelizador nuestras actividades. La carencia de alimento espiritual, restringe nuestro campo visual y, poco a poco, nos damos cuenta de que hemos sido apresados por la tristeza. Debemos acudir permanentemente a las fuentes bíblicas y teológicas: la formación permanente nunca será una moda o un capricho de unos cuantos…

Todas estas causas, que no son todas, representan graves obstáculos para la alegría cristiana del sacerdote. Y ello tiene muy graves consecuencias.

Cuando falta la alegría, se vive agotado y se vive sin ilusión. Se producen entonces las crisis sacerdotales en el ministerio y ello porque es muy difícil resistir por mucho tiempo en la vida sacerdotal sin esa alegría profunda de la que estamos hablando. Y en ese hecho encontraremos también la razón del descenso de las vocaciones: un sacerdote sin alegría, difícilmente será instrumento vocacional para los jóvenes. Los jóvenes perciben, como si tuvieran un sexto sentido, la presencia o la ausencia de la alegría en el sacerdote, advierten fácilmente si la vida del sacerdote es una realidad llena de belleza y digna de ser vivida, si tiene un verdadero sentido, si el propio sacerdote es fuente de alegría. Los jóvenes tienen una gran capacidad para descubrir el secreto de la verdadera alegría en el sacerdote.

Algunas persuasiones y experiencias a propósito de la alegría del sacerdote.

1.- La alegría es necesaria para el servidor del Evangelio, como fruto de la caridad. Es necesaria como el primer mandamiento, el del amar a Dios. Y es necesaria como testimonio, siempre que se viva sin exhibicionismos ni triunfalismos o vaciedades. No es tan necesario hablar de la alegría, o de predicarla, cuanto de poseerla en profundidad.

2.- La verdadera alegría es una alegría difícil, que hay que pedirla a Dios continuamente. Y los cambios que vamos sufriendo con la edad, no sólo no nos deben privar de la alegría, sino que nos deben ayudar a vivirla más intensamente y con una mayor calidad en relación con Dios y con el prójimo. Si con los años vamos perdiendo la alegría propia de la juventud, quiere decir que aquella alegría no era un don de Dios aceptado por nosotros, sino unas simples ganas de vivir propias de la falta de madurez. Se trata de un tema importante para los curas jóvenes o para nuestros seminaristas. Y también para nosotros, los curas que ya vivimos la tercera edad.

3.- El ministro del Evangelio ha de ser un servidor de la alegría de la comunidad cristiana y de la misma sociedad. “Somos colaboradores de la alegría de Vds.”, dirá San Pablo (2ª Cor. 1, 24).

Se trata de una de las más serias necesidades de Europa, y también de nuestra sociedad canaria. Porque en nuestras sociedades existe miedo a la vida y a dar la vida, existe un gran miedo a cualquier riesgo. El servicio a la alegría y a la esperanza, es de una absoluta prioridad. El servicio a ser consuelo, es uno de los más solicitados por nuestros fieles. Antes ya he citado el texto de la Carta de San Pablo a los Corintios (2ª Cor. 1, 4): “Dios nos consuela en nuestras tribulaciones, para que también nosotros podamos consolar a aquellos que sufren cualquier clase de aflicción, con el consuelo con el que somos consolados por Dios”.

Y consuelo no significa simplemente decir palabras bonitas, confortar al que sufre, sino que significa ayudar a nuestra gente a salir de situaciones propias de la infancia o de la pubertad, situaciones que viven también nuestros fieles adultos, en el campo de la sexualidad, en sus sentimientos de miedo y de angustia, en su falta de sentido de la responsabilidad (en todos los campos: matrimonial, familiar, educativo, lúdico, laboral, político, económico, religioso, pastoral, eclesial… etc. etc.). 

4.- La alegría verdadera exige unos ojos limpios. “Tu ojo es la lámpara del cuerpo. Cuando tu ojo está sano, todo tu cuerpo está iluminado; pero cuando está enfermo, tu cuerpo está en tinieblas” (Lc. 11, 34). Una parte importante de la alegría está ligada a la manera como contemplamos las cosas. Las mismas cosas, personas o acontecimientos, pueden ser contemplados con ojos muy diversos, y esa mirada depende de la interioridad que vivimos o que no vivimos. En los juicios sobre la realidad, juega un papel muy importante nuestra situación interior, nuestro buen o mal humor. Al igual que nuestra inteligencia espiritual. Los acontecimientos de la Iglesia, por ejemplo, aquellos que nos provocan tristeza, pueden ser contemplados con una inteligencia espiritual que nos conduzca a la alegría y al optimismo, y no a la tristeza, y a unas críticas despiadadas contra personas e instituciones. Pero para ello hay que tener fe y confiar en la acción del Espíritu Santo.

Los buenos sacerdotes (y gracias a Dios, son la mayoría…) nos enseñan lo pernicioso que es para el amor, para la caridad, para la fraternidad presbiteral, para la misma comunión eclesial, hablar continuamente de que a los sacerdotes les falta la alegría, de que están casi todos desanimados, de que se encuentran deprimidos, que se sienten solos y abandonados…, y lo peor es que se hagan estos comentarios generalizando para la mayoría del clero, aquellas situaciones que pueden ser problemas concretos de algunos sacerdotes, y de este modo con esas generalizaciones, se les roba así la alegría y la entrega ministerial, a una mayoría.

San Pablo les dice a los Filipenses unas palabras que debiéramos meditar con frecuencia: “Si de algo vale una advertencia hecha en nombre de Cristo, si de algo sirve una exhortación nacida del amor, si vivimos unidos en el Espíritu, si tienen Vds. un corazón compasivo, denme la alegría de tener los mismos sentimientos, compartiendo un mismo amor, viviendo en armonía y sintiendo lo mismo. No hagan nada por rivalidad o vanagloria; sean, por el contrario, humildes y consideren a los demás superiores a Vds. mismos. Que no busque cada uno sus propios intereses, sino los de los demás” (Fil. 2, 1-4).

Y a este texto podríamos añadir las palabras del Señor en el Sermón del Monte: “No juzguen, para que Dios no les juzgue; porque Dios les juzgará del mismo modo que Vds. hayan juzgado y les medirá con la medida con que hayan medido a los demás (Mt. 7, 1-2).

Siempre hemos de intentar ser sinceros para con Dios y examinar nuestras motivaciones cuando hacemos juicios generales sobre nuestros hermanos sacerdotes, en el fondo, acusándolos de que carecen de alegría evangélica y poniendo así en duda su calidad ministerial y espiritual, aunque lo disimulemos culpabilizando a otros. O afirmando que lo hacemos exclusivamente por amor a los compañeros o por amor a la verdad…, sin plantearnos cuanto hay de resentimiento en nuestros juicios.

5.- la verdadera alegría, llevada a una situación límite, es aquella alegría que es capaz de ser vivida sin alegría. Parece una paradoja o una contradicción. Pero no lo es. Porque se trata de la alegría de la fe, que puede coexistir con la tristeza de un sufrimiento, propio o ajeno. La verdadera alegría cristiana, está en el corazón y no es efímera. La poseemos siempre y nos sonríe cada día. La verdadera alegría nos permite amar en el sufrimiento y sonreír auque estemos llorando, aceptando que las espinas se mezclen con las flores. Son palabras de Santa Teresita del Niño Jesús. Es una alegría que se sitúa frente al altísimo vértice propio del N. T. y que es pura gracia, una gracia, un don, importantísimo en la Iglesia y para los servidores del Evangelio.

6.- Todos nosotros sabemos que hay muchas cosas que pueden y deben ser cambiadas en la Iglesia, santa en referencia al Señor, y pecadora en referencia a nosotros. Pensemos, por ejemplo, en el campo de la espiritualidad, en el sentido prioritario de la Palabra de Dios y de la ley de la Cruz de Jesús, en el ecumenismo, en la colegialidad y en la corresponsabilidad, en la comunión con las Iglesias Locales, en el compromiso con los más pobres, en la reconciliación dentro y fuera de la Iglesia… Pero todos esos procesos deben partir siempre de la alegría y del amor que se posee y que ya se nos ha dado, recordando las palabras de Jesús: “al que tiene, se le dará, una medida rebosante, remecida, abundante”.

Volvamos a citar a Santa Teresita: “Quiera Jesús concederme siempre el entender que sólo él es la alegría perfecta, incluso cuando lo creemos ausente”.

Pablo VI nos dejó escrito en su Exhortación apostólica “Gaudete in Domino” (1975) unas preciosas palabras: “La mirada positiva sobre las personas o sobre las cosas, fruto de un espíritu humano iluminado por el Espíritu Santo, encuentra en el cristiano un lugar privilegiado para enriquecerse: la celebración del misterio pascual de Jesús… Por ello mismo, nuestra última palabra en esta Exhortación es una llamada insistente a todos los responsables y animadores de las comunidades cristianas: no tengan miedo de insistir, a tiempo y a destiempo, sobre la fidelidad de los bautizados a celebrar con alegría la Eucaristía dominical… signo y manantial de alegría cristiana, etapa a cubrir para llegar a la Fiesta eterna.

La Eucaristía es realmente la síntesis perfecta de todo aquello que se puede decir sobre la alegría del sacerdotes.

¿Y hace falta hablar de la Virgen María, de la alegría que sin duda vivió junto a su Hijo Jesús, aunque lo viera entre mil sufrimientos, angustias y dificultades?. ¿Hace falta recordar ese canto suyo que comienza precisamente diciendo “mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se alegra, se regocija, en Dios mi Salvador”?. ¿Hace falta recordar que el niño Juan, que Isabel llevaba en su seno, empezó a dar saltos de alegría, cuando se encuentra con María y el Niño Jesús todavía no nacido?. ¿Y hace falta recordar las palabras de Isabel, “dichosa tú que has creído”, dirigidas a María?.

Acabemos, pues, pidiendo al Señor, por la intercesión de la Virgen María, “causa de nuestra alegría”, que nos llene a todos de esa santa alegría y que seamos capaces de transmitirla a nuestros fieles y a todos los que entren en contacto con la Iglesia o que viven totalmente apartados de ella.

Ramón Echarren Ystúriz
Obispo de Canarias.

 

 

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