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Retiro sacerdotal de Adviento (2005) de Mons. Echarren

 

RETIRO SACERDOTAL DE ADVIENTO 2005

PREDICADO POR MONS. D. RAMÓN ECHARREN YSTÚRIZ, OBISPO DE CANARIAS (2005)

El día 1 de diciembre de 2005 nuestro obispo predicó este retiro sacerdotal a los sacerdotes de la diócesis.

 

RETIRO SACERDOTAL DE ADVIENTO
(Jueves, 1 de diciembre de 2005)
REFLEXIÓN

Libro de Jonás
INTRODUCCIÓN

Queridos hermanos sacerdotes:
Una vez más en nuestra vida, estamos en este tiempo privilegiado y que es el Adviento, tiempo de espera y de esperanza, tiempo de paciencia y vigilancia. Llenos de alegría, esperamos el Nacimiento de Señor, o si se quiere su conmemoración con lo que tiene, a través de la Sagrada Liturgia, de actualización. Y lo esperamos muy unidos, por supuesto, al Señor-Jesús, y con él, por él y en él, con el Padre y el Espíritu Santo o amor de Dios hecho persona. Lo esperamos, también, muy unidos a la Virgen María y a San José. Y todavía puede quedar en nuestro corazón un espacio para los pastores y los ángeles, los Magos de Oriente y los pobres y sencillos, aquellos humildes a los que nadie ofrece nada, a los que carecían y carecen de todo, es decir, aquellos cuya salvación depende exclusivamente de Dios, y desde Él, a los
hombres de buena voluntad a los que Cristo-Jesús se ha querido revelar y los ha llenado de amor con su Espíritu.
Todo lo dicho, aunque en distinto grado y de diferente manera, configuran la Navidad que en Adviento esperamos, aguardando la conmemoración gozosa delNacimiento de Jesús.

Como ocurre en el Tiempo de Cuaresma, también el tiempo de Adviento, constituye un espacio gozosamente penitencial: se trata de, a la luz de la Resurrección del Señor, en el caso de la Cuaresma, y a la luz del Nacimiento del Señor, en el caso del Adviento, avivar en nuestros corazones ese impulso, que debe ser permanente en nuestra vida cristiana y en nuestra vida sacerdotal, hacia una completa vuelta a Dios, hacia una conversión de nuestro corazón, con la finalidad insoslayable de vivir el Evangelio en plenitud, de proclamar el Evangelio con ilusión, de realizar, en nuestro caso, nuestro ministerio presbiteral transparentando, con nuestra vida y nuestra palabra, la Buena Noticia para que llegue a todos y sea salvación para todos, incluso para “las ovejas perdidas” que no quieren saber nada de lo que se relacione con Dios y con su Iglesia.

Y situados en esa perspectiva, podemos rezar este rato sobre el episodio bíblico que nos narra la figura de Jonás, una narración a la que hace unas docenas de años, apenas se le daba importancia, considerándola, en el mejor de los casos,como un simple episodio más o menos edificante para la vida espiritual. Y sin embargo y en los últimos años, los exégetas ha revalorizado dicho episodio descubriendo toda su riqueza simbólica y su riqueza teológica. No leemos ninguno de esos pasajes puesto que todos nosotros recordamos el texto integro que nos narra las vicisitudes de Jonás llamado a predicar la conversión de los Ninivitas por voluntad del Señor.
Entre los muchos temas que encierra la figura de Jonás como evangelizador podemos destacar tres muy concretos, que nos pueden ayudar a vivir este tiempo de Adviento como llamada a ser evangelizadores en cuanto sacerdotes del Señor:

– 1º.- La huida de Jonás
– 2º.- La predicación, a pesar de nuestra resistencia a hacerlo, sobre
ciertos temas que no nos agradan, o dirigiendo nuestras palabras, la
Palabra de Dios, a ciertas personas a las que no apreciamos
– 3º.- La reconciliación con uno mismo como fundamento de nuestra
reconciliación con los demás.

1º.- LA HUIDA

El tema de la huida de Jonás. Es un tema que aparece en el inicio mismo del
texto bíblico: “Jonás se levantó, pero dispuesto a huir a Tarsis, lejos del Señor”,
que le había pedido que fuera a proclamar la penitencia a la gran ciudad pecadora de
, a Nínive. Y Jonás “se embarcó para ir a Tarsis, lejos del Señor”. Y a continuación
se subraya el temor de sus compañeros de viaje, cuando se dan cuenta, en la
tempestad, que es un fugitivo del Señor, y le preguntaron: ¿qué es lo que has hecho?”.
El mismo tema, vuelve a aparecer cuando Jonás ofrece la motivación de su
huida, en absoluto evidente, una vez que ha sido lanzado al mar, la tormenta se ha
aplacado, y, después de estar tres días en el vientre del pez, es vomitado en tierra
firme. Jonás ante la insistencia del Señor, obedece y va a Nínive, a proclamar la
necesidad de la conversión. Y los ninivitas hacen penitencia y son salvados de la ira
del Señor. Jonás se siente muy contrariado y hasta se enfada con el Señor y se
encara con él: “¡Ah Señor, ya lo decía yo cuando todavía estaba en mi tierra. Por
algo me apresuré a huir a Tarsis. Porque sé que eres un Dios clemente, compasivo,
paciente y misericordioso, que te arrepientes del mal”.3
La huida de Jonás, se trata según la narración bíblica, de una huida de la vida:
“¡así, Señor, que ya puedes quitarme la vida, porque prefiero morir a seguir
viviendo!”. Y lo mismo aparece cuando huye de la ciudad: “Jonás salió de la ciudad y
se instaló al oriente de la misma”…
Pienso que nos puede ser muy útil para nuestra vida de presbíteros, rezar
sobre el significado, sobre el “por qué” de aquella huida de Jonás, en orden a
reflexionar sobre algunas huidas que podemos experimentar nosotros: huida del
ministerio; de determinados encuentros o de determinadas obligaciones penosas o
poco agradables; incluso la huida de la modernidad, entendida en el sentido más
simple y no filosófico, es decir, huida de la actualidad, del tiempo actual y sus
contenidos.
¿Cuál es la razón de que Jonás huya?. ¿Qué sentido tiene esa huida?
– La primera razón, la más elemental, de la huida de Jonás es el que tiene
miedo del encargo, demasiado pesado, oneroso y peligroso: huye frente a un mal
imaginario o imaginado.
– La segunda razón, teológica y más profunda, no es fácilmente y de modo
inmediato, comprensible: huye porque sabe que Dios es imprevisible y rehuye
confiar en él. Sabe que no puede fiarse o contar con el rigorismo de Dios, dado que
también sabe que Dios es misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad.
Jonás no se siente capaz de actuar con la misma soltura, libertad, movilidad,
propia de Dios y quería tener una plena garantía en todo lo que se refiere al actuar
de Dios. Y como no posee esa garantía, se siente lleno de temor.
– Toda la narración nos permite comprender que su huida es insana; no existe,
en efecto, ninguna realidad lejana o irremisible, ni es aceptable una huida, ni de
Dios, ni de sí mismo, ni de sus propios deberes y todavía menos, de los retos o
desafíos que le exige su vida. Los desafíos de la vida los encontramos por todas
partes, más allá de donde nos encontramos: “les pasará como el que huye del león y
topa con un oso; como el que entra en casa apoya su mano en la pared y le muerde
una serpiente”, nos dice el profeta Amós” (5, 19).
Es enfermizo huir de las propias responsabilidades, de las molestias,
incomodidades, aburrimientos, fastidios… de la vida cotidiana.4
No es difícil aplicar el tema de la huida de Jonás, a situaciones muy cercanas
a nosotros.

 

A).- LA HUIDA DEL MINISTERIO

– Es una tentación muy común y muy antigua. Casi constituye un arquetipo: fue
la huida de San Ambrosio de Milán, montado sobre una mula; fue la de San Agustín,
la de San Juan Crisóstomo, la de no pocos otros santos. La mismas huidas de San
Juan María Vianney, el Cura Santo de Ars, de su Parroquia, el cual partió muchas
veces de noche, no deseando volver más a Ars.
Son muchas las tentaciones de huir del ministerio, aunque nos vamos a fijar
en tres muy concretas y actuales:
a).- El ministerio es repetitivo y, después de los entusiasmos iniciales, la
ilusión se desvanece. Y desde ese momento, la vida se hace gris, pesada, monótona,
y sentimos que nos invade una especie de disgusto permanente. La huida se expresa
en ese mismo disgusto, en un rechazo interior, en una excesiva sensación de
cansancio (que no responde a lo objetivo de nuestra vida) respecto al cumplimiento
de los actos propios del ministerio. ¿Quién de nosotros no ha pasado por estas
pruebas?. ¿Quién no ha experimentado, alguna vez, la tentación de abandonar todo
y de tirar la toalla?. Es cuando acaso descubramos como nunca, la ayuda del Señor,
la fuerza de la oración, el valor sanador de los Sacramentos, el impacto de la
Palabra de Dios… etc. etc.
b).- La gente nos resulta pesada. Es una segunda razón, acaso más grave que
la anterior, porque el presbítero vive no pocas veces situaciones conflictivas al
límite de lo soportable, hasta el punto de hacerle pensar que la huida es lo más
razonable. ¿No dijo el Señor que, cuando no somos escuchados, nos sacudamos el
polvo de los zapatos?. Es una huida que significa que puede ejercerse una huida
estratégica o considerarla como tal… ¡aunque no lo sea!. Y se pueden encontrar
razones: Jesús mismo dejó Nazaret y huía de las multitudes; en la historia de la
Iglesia, tenemos el caso de San Atanasio que huye de Alejandría o del Crisóstomo
que huye de Constantinopla.
Con ello debemos pensar que incluso allá donde no se llega a una conflictividad
que nos pone al límite de lo soportable o de lo razonable, el peso de la gente que se
nos ha encomendado, puede convertirse en una seria tentación para huir, si nuestro
corazón no está lleno de una verdadera caridad pastoral, y no se apoya en una
auténtica espiritualidad evangélica.
c).- La responsabilidad, real o aparente, de conciliar la unidad interior, con la
multiplicidad de compromisos y tareas. Es un motivo de tentación de huida que lo
expresó muy bien San Gregorio Magno: “Cuando he tenido que soportar sobre mí el
peso del ministerio pastoral, he comprobado lo difícil que es recogerse con
asiduidad en sí mismo, y ello debido a que me he encontrado dividido al tener que
atender multitud de tareas”. El peso de esas tareas nos aparece como demasiado
grande como para soportarlas y se comienza a pensar: “en esta situación, no sé si
salvaré las almas de los demás, pero estoy seguro que no salvaré la mía”. Y de ahí
nace la tentación de huir.
Estas tres huidas que he señalado, no son las únicas. Pero ciertamente, son
frecuentes entre nosotros. ¿Y qué hacer ante ellas?.
Ya he señalado algunas pistas. El hecho es que las reacciones contra estas y
otras tentaciones, son muy variadas. Como son muy variadas esas y otras
tentaciones.
Podemos, en todo caso, contemplar algunas sugerencias en relación con las
tentaciones más claras y explícitas de la huida, procurando contar siempre con un
acompañante o director espiritual, añadiendo si es necesaria la Confesión, intentado
seriamente tomar conciencia de que estamos siendo provocados por “el enemigo”
que intenta bloquear nuestro camino ministerial.
a).- Para reaccionar, es preciso, ante todo, mirar cara a cara, a nuestro
adversario que desea nuestro mal. Se trata de tomar conciencia de que se trata de
una tentación, de un intento de nuestro enemigo por aplastarnos, humillarnos, por
arrinconar nuestra vida, nuestro futuro, por envilecernos a nuestro propios ojos y a
los ojos de los demás. El hecho de tener claro que es una tentación, ya entraña una
fuerza para reaccionar.
b).- Y en no pocos casos, es necesario un acto casi paradójico, una
determinación obstinada contraria, que nos haga decir: ¡quiero resistir hasta el
final, hasta el fin de mundo si es necesario!. Con frecuencia, esta determinación
recoge todo el cúmulo de males humanos, de fantasías, de miedos, que tienden a
corromper nuestra fuerza de ánimo. Cuando el Señor nos inspira un tal acto de
determinación, nos ocurre que, poco a poco, todo se elige y se hace o interpreta,
con más calma, y se contempla la realidad, nuestra y la que nos rodea, con más calma
y serenidad.
c).- Particularmente importante es el consejo del que nos conoce bien, o
porque es nuestro confesor o nuestro director espiritual, de aquel que nos puede
entender, del que se siente responsable de nosotros y nos ayuda a distinguir entre
las propias y verdaderas tentaciones, de rechazarlas con energía, y las situaciones
en las que, objetivamente, suponen un peso que realmente se ha convertido en
excesivas y que, por tanto, y razonablemente, hay que recurrir a buscar y
encontrar soluciones de otro tipo. En todo caso, es necesario llegar a ello con
verdadera racionalidad, sin precipitaciones ni iras innecesarias, ya que, en ambos
casos, se trata de malos consejeros.

 

B).- LA HUIDA DE ENCUENTROS Y ACONTECIMIENTOS

La huida de encuentros y acontecimientos, penosos, desagradables o
pesarosos. Es el segundo tipo de huida, que recuerda la huida de Jonás de lo
cotidiano.
Cada uno de nosotros podemos verificarlo. Por ejemplo, nos ocurre abriendo
la correspondencia, cuando dejamos a un lado, o rompemos sin leerla una carta que
adivinamos que nos va a suponer un problema, o una citación para una reunión, o una
petición para hacer algo que no nos apetece…, y prescindimos de esa carta, sea del
Obispado, de los Vicarios, del Arcipreste, diciéndonos: la leeré después… ¡o no la
leeré porque no quiero verme implicado en lo que nos puede pedir!.
Esta huida de responsabilidades que no nos gustan, es una especie de
“slabon”, un huir de trabajos pesados o que nos resultan aburridos, prescindiendo
de lo que sea, o dejándolos siempre para otra ocasión, o incluso descalificándolos “a
priori”, por pereza o por miedo a aceptar compromisos. Es una huida casi instintiva
y frecuente.
Y no la valoramos necesariamente como un gesto negativo contra la comunión
eclesial o presbiteral: nos decimos a nosotros mismos, que otra vez será, que
necesitamos un respiro, que precisamos de un descanso. Hay cosas que debemos
hacer, que no son precisamente ocupaciones permanentes, pero que sin embargo
requieren de nosotros atención y dedicación y que por eso mismo nos molestan. Y si
los aceptamos, muchas veces, lo hacemos de malagana, con precipitación, con un
cierto malestar interior y hasta con rabia interior hacia los que nos lo proponen,
algo que los convierte en contraproducentes para nuestro ministerio y nuestra vida
espiritual.
Se trata de una huida, por tanto, diferente a la anterior y, en la práctica, es
difícil de discernir cuanto hay de miedo o de pereza, y cuanto de necesaria
prudencia que nos puede llevar a actuar rectamente y en el momento preciso. Todos
tenemos esa impresión respecto a esta huida, y ello hace que sea preciso que nos
examinemos ante el Señor y que procuremos corregirnos.
Hay cuatro ideas que nos pueden ayudar a realizar el necesario
discernimiento, el cotidiano discernimiento, para afrontar estos problemas que
nacen de la tentación de estas huidas.
a).- Cuando tenemos un dolor, no lo arreglamos, ni curamos, retrasando su
tratamiento. Es una consideración muy simple, pero llena de sabiduría.
b).- Siempre encontraremos una alegría más profunda, en el sacrificio, que en
el auto-engaño o en la auto-justificación. La experiencia nos dice o confirma que
cuando nos enfrentamos, razonablemente y con sentido espiritual, con una situación
difícil y molesta, al final nos sentimos más contentos y satisfechos, más auténticos
como creyentes y como sacerdotes, más sinceros. Nos damos cuenta que crecemos
en bondad, en caridad, nosotros mismos, y también ayudamos a crecer en bondad y
en caridad a aquellos que acaso temíamos molestar o irritar.
c).- Debemos ser humildes y programar nuestros descansos, sin permitir que
vengan condicionados o impuestos por nuestras perezas o por nuestros miedos o
cansancios extremos. No siempre podemos vivir corriendo, o vivir en permanente
tensión. Necesitamos descansos y si nos esforzamos en programarlos, evitaremos
que nos programen nuestra vida, tardíamente, una serie de distracciones que en el
fondo son huidas.
d).- Y por último, tengamos en cuenta que ciertas hiperactividades pueden
ser formas de huida respecto a determinados comportamientos propios del espíritu
y del ministerio. Decimos que tenemos mucho que hacer, andamos siempre con
prisas, pasando de una tarea a otra, y de esta forma huimos de situaciones que no
nos gustan o que no queremos afrontar. Con lo cual conseguimos no crecer, ni
espiritual, ni ministerialmente. Y el Señor, sin embargo, nos permite determinadas
pruebas porque en realidad constituyen la verdadera realidad, el necesario camino,
para que crezcamos en gracia nosotros, y para que crezcan también en gracia los
demás que tenemos encomendados.

C).- LA HUIDA DE LA REALIDAD DE NUESTRO TIEMPO

¿Y en qué consiste la huida de la realidad actual, sea de la modernidad, o sea
de la postmodernidad de la que tanto se habla?. Pues consiste en negarse a
afrontar interrogantes cruciales propios de nuestro tiempo, o no querer aceptar las
incertidumbres y los problemas, no poco confusos, entre los que, a veces, debemos
movernos: y no sólo en la vida social, sino también en la misma teología, en la
pastoral y, por supuesto, en la política. Es grave el arrojar todo ello a un lado,
aduciendo como motivación, que son cosas que no nos interesan y que poseemos
suficientes certidumbres fáciles, y a nuestro alcance. En el fondo lo que hacemos
es rehusar el confrontar nuestra vida, de una manera seria y con fe, con el Concilio
y con nuestro Sínodo, con la Teología contemporánea, e incluso con la precariedad y
riesgos de lo que llamamos cuestiones fronterizas. Dicho de otra manera, es una
huida consistente en vivir, nuestra fe y nuestro ministerio, como si esas realidades
no existieran y que sólo preocuparan a unos pocos marginales, , respecto a la
sociedad y a la Iglesia. Es un problema grave puesto que de esta huida, que en el
fondo es una huida de nuestro mundo, nacen no pocos fundamentalismos,
integrismos, rigorismos o intransigencias, que nos llevan a oponernos al diálogo, al
ecumenismo y a dar razón de nuestra esperanza, a todos aquellos, cristianos o no,
que pueden necesitar un rayo de luz evangélica para salir de sus propios
fundamentalismos, modernos o post-modernos, puesto que tal vez no sean
conscientes, de que no sólo están en el mundo, sino que son también del mundo.
Ejemplo o imagen de este tipo de huida es la del propio Jonás, el cual no
acepta la libertad de Dios, el verdadero rostro de Dios. Jonás desearía un Dios
rígido y rigorista, una especie de ídolo en el que poder apoyarse, del cual poder
decir, “lo tengo a mi disposición” para poder castigar a los pecadores. Pero el Señor
es totalmente libre y nos ha creado libres, en un tiempo radicalmente marcado por
una excesiva libertad (si es que podemos hablar así…), y con el cual es preciso
confrontarse para buscar la salvación de todos los seres humanos.
Es preciso que nos planteemos cómo comportarnos para evitar esa huida de la
modernidad, para evitar todo lo que sea rehusar un diálogo, lleno de caridad
pastoral, que con frecuencia bloquea el camino pastoral, tanto nuestro, como de la
misma Iglesia:
a).- ante todo, es preciso asirse y contemplar siempre las certezas de fondo,
especialmente las amasadas en la contemplación: el conocimiento de Jesús, la
familiaridad con Jesús, la inmersión en el Misterio de la Trinidad. Son certezas
que ninguna post-modernidad puede poner en cuestión, y para nosotros, gracias a la
vida de oración y a la vida sacerdotal, se constituyen en certidumbres
experienciales, en la que la fe empapa nuestra vida y nuestra palabra.9
b).- Intentar siempre el distinguir, incluso en los confusos problemas de la
post-modernidad, lo que permanece claro, respecto a lo que es oscuro. Es una
sugerencia importante. El cristiano verdadero, el sacerdote auténtico, nunca lleva a
cabo descalificaciones globales o generalizadas. Con frecuencia arrojamos sobre
todo, una nube de confusión, casi sólo por el gusto de poder decir: ¡todo va mal!.
¡Todo es un desastre!. ¡Nadie sabe nada!. ¡Es inútil ponerse a pensar y a dialogar,
puesto que no hay nada qué hacer o qué decir a determinadas personas…!.
Y sin embargo, si contemplamos nuestro mundo a través de un paciente
discernimiento, nos damos cuenta que existen multitud de cosas pequeñas, simples,
llenas de bondad, con las que se pueden contar y que ponen un límite a todo aquello
que supone la obscuridad e incertidumbre.
c).- Y debemos aceptar con humildad nuestros propios límites mentales y
aquellos de nuestro tiempo. Una característica de la post-modernidad viene dada
por el hecho de que, a diferencia de cuanto ocurría en el pasado, nosotros, hoy, no
sabemos todo. Podemos acaso hacer técnicamente casi todo, pero no somos capaces
de aprehender el sentido último de multitud de cosas.
Ello significa que somos llamados a superar los límites del conocimiento, con
el amor. Si no siempre conseguimos entender, siempre podemos amar, dialogar,
comprender a los demás… Amar es un modo de curar la fractura del significado que
tanto daño hace a la sociedad contemporánea. Amar entraña un conocimiento más
profundo, que además no se equivoca nunca, porque es una réplica perfecta de Dios
que es amor, de Dios que conoce todo y que siempre ama.
Si la negativa es la imagen de Jonás rehusando entrar en el juego de Dios, en
el juego de la libertad infinita de Dios, la positiva es la de Jonás que lucha con los
límites de su comprensión del proyecto de Dios, que se revela, pero que, finalmente,
se rinde y encuentra la paz precisamente confiando en el Señor fiándose de su
“juego”, de su proyecto, de su misterio. Como dijo un poeta italiano (Manzoni): “he
comprendido que con Dios no se debe perder nunca, sino simplemente capitular,
rendirse a Él, es decir, confiarse a su misterio de amor”.

PREDICAR EN CONTRA DE LO QUE DESEAMOS

La figura de Jonás también nos puede ayudar a reflexionar sobre el tema de
lo que entraña predicar contra lo que deseamos en nuestro interior.10
Jonás es un predicador reticente, reacio, renuente. Da la impresión de que
cuando afirma que “en cuarenta días Nínive será destruida”, lo afirma en un tono
poco convencido: lo afirma porque no tiene más remedio que decirlo. Pero en su
interior se resiste a que Dios de una oportunidad de conversión a los ninivitas. Lo
que él quería es que Dios los castigara y destruyera.
También nosotros podemos sentir una cierta resistencia para anunciar la
Palabra de Dios. Y no por pocos motivos:
– Por razón de una carencia de deseo, de una cierta depresión, a la que todos
estamos sujetos en algún momento de nuestra vida. Para proclamar la Palabra y
predicar, todos necesitaríamos tener un deseo ardiente, positivo, jamás alterado
por nada. Y nos siempre es así.
– Y otras veces, por un serio defecto en cuanto a la preparación, lo que nos
lleva a la improvisación, a caer en tópicos, e incluso en la banalización retórica
carente de todo contenido evangélico y evangelizador.
– No tener motivo, muy serio en ocasiones santamente serio puesto que
empleamos términos realmente revelados, es el de la lejanía de lo que decimos,
respecto al lenguaje de la gente: ¿nos entiende la gente?. ¿Existe una
correspondencia entre nuestras palabras y el lenguaje cotidiano de los que nos
escuchan?. Es llamativo que el propio San Agustín se mostraba descontento no
pocas veces, de su predicación, cuando hoy la leemos con auténtica admiración…
¿Qué podemos hacer ante estos hechos que todos vivimos de algún modo?
– Por supuesto, intentando superarnos con una buena preparación. Es claro
que cuanto más y mejor nos preparamos, seremos más escuchados y ofreceremos
palabras pensadas, a nuestro nivel y al de la gente.
– Dejándonos mortificar no poco por nuestras incoherencias, puesto que se
trata de buen estímulo para hacernos humildes y permitirnos exclamar: ¡Señor,
tuya es la fuerza de la Palabra!. Salvo que nos movamos por motivos traumáticos o
patológicos de incoherencia.
– El tercer consejo para vivir en cristiano el sufrimiento de la resistencia en
nuestro hablar, es el de confiar de verdad en la Palabra de Dios. Dios convierte a
los ninivitas también con la predicación de Jonás, débil y poco convencida. ¡Cuantas
veces nos ocurre el sentir a nuestra gente reconfortada, consolada, por lo que11
hemos dicho y que no habíamos preparado!. Porque la fuerza y la misericordia del
Señor es infinita…
– Y una última sugerencia: no hay que seguir, sin más, el consejo de los que
nos dicen que hemos de predicar con lo que nos viene a la cabeza, dejando hablar al
corazón, sin prepararnos debidamente… De ese modo, algunos sacerdotes, hablan y
hablan, y no saben nunca cuando deben acabar y cómo deben acabar.
Es preciso, por el contrario, una preparación cuidadosa, previa, que prevea los
objetivos que Dios quiere que se obtengan. No se trata de ganar prestigio, de
quedar bien, de contentar a los que nos escuchan para que nos elogien. La
preparación debe permitirnos hablar con soltura y con libertad de corazón, pero
convencidos de que a la gente no les gusta (ni le hace bien…) palabras artificiales o
pedantes. Pero para ello, es necesario una gran unión con el Señor, dejándole hablar
a él a través nuestro, no caer en la tentación de dominar a nuestra gente. De ahí
que la preparación de la predicación no deba ser fruto del último momento, sino el
fruto de una seria revisión del texto bíblico, incluso a nivel exegético, cuidando el
lenguaje y procurando responder a los interrogantes, religiosos y morales, de los
que nos van a escuchar.

3º).- LA RECONCILIACIÓN CON UNO MISMO

Y vamos a tratar, muy brevemente, un tercer tema: la reconciliación con
nosotros mismos que es algo así como el fondo que soporta la reconciliación con los
demás y el mismo ministerio de la reconciliación o de la confesión.
Cuando recitamos en el Padre Nuestro, “perdónanos nuestras ofensas, como
también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, debemos reconocernos que
también nosotros somos deudores de nosotros mismos, que tenemos deudas que nos
hemos de perdonar a nosotros mismos.
No es algo fácil, porque con frecuencia nos tragamos el camello y escupimos
el mosquito. Nos perdonamos defectos graves y, sin embargo, no nos perdonamos
faltas más pequeñas que, a nuestro ojos, nos humillan, nos producen desprecios de
nosotros mismos, no nos perdonamos comportamientos que pueden hacernos
inferiores en relación a nuestras expectativas (¡el famoso “super-ego”!), y que
manifiestan nuestras incoherencias.
Y desde ahí nacen resentimientos, actuaciones de acuerdo con los cambiantes
humores, tropiezos, actos puntilloso, agresividades… Jonás, en efecto, tropieza12
hasta el final, puesto que no quiere cambiar de idea. Probablemente estaba seguro
de que Nínive no se arrepentiría y no es capaz de asimilar el arrepentimiento de la
ciudad. Y la había juzgado y condenado a su modo, y rehúsa aceptar que ocurra algo
muy diferente a su pensamiento por aquel empeño que no quería reconocer, una
incoherencia que le molesta mucho más que pecados acaso más graves.
¿Qué debemos hacer nosotros frente a ese gesto instintivo de no
perdonarnos algunas debilidades, en tanto que Dios sí nos las perdona?. ¿Qué
debemos hacer cuando con la mente comprendemos que el Señor nos ha perdonado,
pero en el corazón continuamos rehusando ese perdón, por amor propio herido, y así
lo rehusamos?.
No nos agrada en absoluto, y lo sabemos, la dureza de nuestros análisis. Sólo
el consuelo que viene de Dios a través de la oración, es el bálsamo que nos permite
sentirnos amados, aceptados, comprendidos hasta el fondo, perdonados, acogidos…
Y es el perdón de Dios el que nos permite perdonarnos, estimarnos
convenientemente, valorarnos en una justa medida, es decir, ni más, pero tampoco
menos. Y así aprenderemos a ser humildes, y compasivos con los que acuden a
buscar el perdón a través de nuestro ministerio de la reconciliación.

CONCLUSIÓN

Consideremos, como conclusión, la imagen de la planta de ricino. Todos
sabemos lo que es el ricino y para qué servía el uso de su aceite.
La planta, en el pasaje de Jonás, nos recuerda que Dios nos purga, es decir,
nos purifica precisamente porque nos ama. También con las dificultades de nuestro
ministerio (huidas, tentaciones, resistencias, cansancios, amarguras…), el Señor nos
está purificando.
Y si contemplamos , unidos a María, la cruz que ha guiado nuestro camino, y si
nos disponemos a mirar siempre, como lo hizo la Virgen María, al nacimiento, la vida,
la cruz y la resurrección del Señor, en este Adviento, en Navidad y a lo largo de
nuestra vida, entonces cada amargura, grande o pequeña, tendrá sentido, se
convertirá en una beneficiosa purificación, como lo fue para María, el nacimiento, la
vida y la muerte de su Hijo, llenándonos incluso de dulzura y consuelo.

 

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