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La actualidad del Apocalipsis y la teología política, Adviento hacia Navidad

 

La actualidad del Apocalipsis y la teología política, Adviento hacia Navidad

Agustín Ortega Cabrera

Recientemente se presentó, en Las Palmas de Gran Canaria, el libro del sacerdote y profesor Luis María Guerra, Apocalipsis, para los tiempos que corren, publicado por el Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias (ISTIC Gran Canaria). El Dr. Luis María Guerra, profesor del ISTIC, es un relevante experto de este último libro que cierra la Biblia. Y, en dicha publicación, nos expone como el libro del Apocalipsis (Ap) contiene toda una teología política. Efectivamente, quien se adentre en el estudio e investigación actual del Ap, tantas veces tan mal comprendido e interpretado- en especial por algunas sectas-, verá cómo se nos presenta el carácter histórico, social, público y ético-político de la fe. Para ello, como en todo texto y más si cabe en la Biblia, es muy importante conocer el contexto en el que fue escrito y que enmarca el mensaje que nos quiere transmitir.

El Ap fue escrito en tiempo de Domiciano, a finales del siglo I, durante las persecuciones que sufría los primeros cristianos e iglesia a manos del imperio romano. En el que muchos seguidores de Jesús sufrían el martirio, a causa de su fe. Y este contexto y realidad histórica, es la que afronta el libro del Ap que, como se ha estudiado, nos presenta un mensaje de resistencia y esperanza. Frente a todo este mal, muerte e injusticia del imperio romano sobre el cristianismo primitivo y el mundo. Esto es lo que desarrolla el Ap en su contenido y capítulos. A través diversos símbolos e imágenes que, como ya indicamos, se deben comprender bien. Y con el género literario que emplea, el apocalíptico, como aparece en otros relatos y libros de la Biblia, por ejemplo, en Daniel (Dn). Por tanto, es muy importante la compresión de este género apocalíptico para entender bien el sentido y significado del libro del Ap.

Lo que pretende el Ap no es adivinar la fecha exacta, o momento preciso, de un supuesto final del mundo, en el que llegaría su destrucción y fin. Tal como su propia etimología e inicio indica, “Revelación de Jesucristo” (Ap 1, 1), lo que nos revela es el Plan de Dios manifestado ya en Cristo Crucificado-Resucitado, el “Cordero degollado” y puesto en pie (Ap 1, 9-20), que está presente y actuante en la realidad concreta e histórica. Como es la de la persecución y martirio de los cristianos, a manos del imperio romano. Y nos alerta de los peligros, males e injusticia que trae el rechazar este Plan de Dios para la historia que es la “Buena Noticia” (Evangelio) de Cristo con su Reino de amor, paz y justicia liberadora con los pobres la tierra. De esta forma, y es el sentido de todo el Nuevo Testamento, el Ap revela la alegría y buena noticia del Evangelio de Jesús. Su Don (Gracia) del amor fraterno, paz y justicia que nos trae a la realidad histórica la salvación liberadora con la vida humana, plena y eterna. Lo cual se confronta, en una lucha dramática y conflictiva, con el pecado del mundo, con los poderes mundanos, sociales e históricos que imponen el mal e injusticia. Rechazando así el Evangelio del Reino y su justicia, que ya trae su salvación liberadora a la humanidad.

Estos poderes imponen el mal e injusticia de la guerra, el hambre, la enfermedad y la muerte, los conocidos jinetes del Ap que se confrontan el jinete del caballo blanco, el mismo Cristo que trae la salvación liberadora de todo este mal e injusticia (Ap 6, 1-8). Son estos poderes de los diversos imperios, como los padecía el pueblo bíblico a manos del babilonio, medo y persa (Dn 7, 4-6), que ahora continúan y se recapitulan de forma terrorífica con el imperio romano, “bestia de la tierra” (Ap 13, 1ss). El imperialismo romano es la “bestia de la siete cabezas” (símbolo de las siete colinas, Ap 17, 9), Roma era conocida por la ciudad de las siete colinas, que impone su dominio y tiranía sobre los pueblos o comunidades como la cristiana. El célebre número que descifrará la realidad e identidad de la bestia, el “666” (Ap 13, 18), es la traducción numérica sumada de la palabra “NeRÓN CéSaR”, cuyo significado es Domiciano que, según la ideología romana, es “Nerón redivivo”.

El dragón (Ap 13), símbolo del mal, se manifiesta en esta bestia del mar, el imperio romano. Junto a la bestia de la tierra, los falsos profetas e ideologías mentirosas que legitiman este imperialismo de la injusticia económica y social. “Nadie comprar ni vender, sino el que tuviese la marca o el nombre de la bestia” (Ap 13, 16-17). Esta falsa trinidad del mal, poder e injusticia con el imperio romano y sus falsos profetas se enfrentan a la “mujer vestida de sol”. Ella es la iglesia que nace de Cristo, símbolo del verdadero Dios Trinitario, sacramento comunión de amor, fraternidad solidaria y justicia con los pobres de la tierra. Estamos pues en el corazón del mensaje del Ap, con su teología política. En donde el Evangelio de Jesús, el Dios de la vida y de la justicia con los pobres, supone toda una crítica y liberación integral de todos estos poderes e imperios que, con su política y economía, quieren sacralizarse y divinizarse. Para que se los adore y mantengan su poder, privilegios e intereses. Como el Evangelio de Jesús, El Ap es un libro profético que critica y denuncia de forma coherente, concreta e histórica a los males y poderes del mundo. Como es el imperialismo romano con su religión, política y economía perversa, opresora, injusta e inhumana. Con su forma de creer y de vivir en Cristo, los primeros cristianos se resistieron hasta el martirio a obedecer a este culto idolátrico y tiranía del poder e ideología del imperialismo romano, que quería dominar a toda la tierra. Con su política y economía basada en la esclavitud, la guerra, violencia e injusticia social-mundial con la sacralización de la propiedad, de la riqueza-ser rico y del lujo.

En el corazón del Ap está la liturgia y celebración, realizada por la iglesia perseguida y martirial, de la revelación del Dios de la salvación liberadora. La iglesia celebra y canta ya la esperanza de que, en Cristo Crucificado-Resucitado, se vencerá a todo este mal, injusticia y muerte de los poderes e imperialismos como es el romano. Es la fe y esperanza del Dios en Jesucristo, que hace justicia a las víctimas de la historia y a los pobres de la tierra. La fe y esperanza del Dios que se ha encarnado y seguirá viniendo en la historia, hasta la plenitud y consumación de los tiempos. “El Espíritu y la Esposa dicen: «¡Ven!», y el que escucha debe decir: «¡Ven!». Que venga el que tiene sed, y el que quiera, que beba gratuitamente del agua de la vida….El que garantiza estas cosas afirma: «¡Sí, volveré pronto!». ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 22, 17-21). Frente la manipulación de algunas sectas, es la esperanza universal de salvación para todos los pueblos y la humanidad. Así hay que interpretar el número de salvados de “144.000” (Ap 7, 1-8), multiplicación de doce por doce por mil y que, por tanto, significa la esperanza de la salvación universal para todos los seres humanos. “Después miré y había una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie [es decir, resucitados] delante del trono [de Dios] y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con las palmas en sus manos. Y gritan con fuerte voz: la salvación es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero” (Ap 7,9).

Esta es, justamente, la experiencia del Adviento que celebramos como camino para la Navidad. El estar atentos y vigilantes para acoger al Don de Dios que viene, al acontecimiento más importante de la historia: Dios mismo que se encarna en Jesús de Nazaret, el Cristo Salvador y Liberador. La encarnación de Dios en el “Emmanuel”, el Dios con nosotros que en Jesucristo nos muestra su amor fraterno, paz y justicia liberadora con los pobres de la tierra. Dios que se encarna solidariamente en la debilidad, en un niño humilde y pobre, en una familia obrera y empobrecida. Para salvarnos en la vida de amor, de justicia plena y eterna; para liberarnos así de todo mal, pecado e injusticia con sus ídolos de la riqueza-ser rico, del poder y la violencia. La actualidad del Ap y del Adviento, la Revelación de Dios en su Palabra que es viva y eterna, nos llama a hacer presente esta resistencia y esperanza escatológica: el Reino de Dios y su justicia liberadora de todos los imperialismos actuales. La fe y la teología de nuestro tiempo, con el magisterio de la iglesia y los Papas como Francisco, nos convocan a la vocación universal de la espiritualidad y santidad con su inherente dimensión social, histórica y pública que transforma el mundo e historia.

Es la mística de los ojos abiertos, la solidaridad y caridad política en la memoria de la compasión y misericordia, la “memoria passionis” y subyugante de Cristo Crucificado-Resucitado, que opta por la justicia con los pobres y crucificados de la tierra, por las víctimas de la historia. La caridad política es esa “macro-caridad”, más universal y extensa, que busca el bien común mundial, la civilización del amor. Y va a las raíces del mal e injusticia, a las causas de las desigualdades, opresiones y exclusiones. Como son el holocausto del hambre y la pobreza, la esclavitud infantil y la trata de personas, el paro y la explotación laboral con el trabajo basura e indecente, las guerras, la destrucción ecológica y el ataque a la vida en todas sus fases o dimensiones. De esta forma, la solidaridad y caridad política busca la liberación integral del pecado personal y estructural, las estructuras sociales de pecado, los sistemas políticos y económicos injustos, los mecanismos laborales, comerciales y financieros-bancarios perversos. Se trata de ir promoviendo la mundialización de la solidaridad, la paz, el desarrollo humano global, la justicia (socio-ambiental) y la ecología integral que acoge el clamor liberador de los pobres y de la tierra; frente a la globalización neoliberal del capital, de la guerra, de la competitividad y de la destrucción ecológica.

La tensión profética, escatológica y militante de la fe que espera a su Señor, en el servicio del amor y a la justicia liberadora que el Reino ya nos trae, se opone a esta economía que mata. La confesión del Señor Jesús y la espera viva, comprometida en la justicia, de su salvación liberadora lucha contra todos los fetichismos e ídolos del dinero y de la riqueza-rico, del poder y la violencia. Es contraria a las idolatrías y dictaduras de una economía sin rostro ni finalidad humana, la del capital y el mercado convertidos en falsos dioses, que sacrifican en su altar del beneficio la vida de las personas y de los pobres. Rechaza proféticamente la cultura del descarte y la globalización de la indiferencia ante todo este terrorismo económico, que es caldo de cultivo de los otros terrorismos. En la caridad sociopolítica, la fe promueve la equidad en los sistemas económicos y el bien común en la política frente a la inequidad, con la justicia con los pobres de la tierra. Y nos lleva a la responsabilidad por la regulación ética del mercado y a erradicar la especulación financiera, causas de toda esta inequidad. Tal como nos muestra todo lo anterior el Papa Francisco (por ejemplo en EG o LS) que insiste, de forma constante, que sin esta equidad y justicia con los pobres no habrá la paz y fraternidad que nos trae el Niño Dios, al que ya esperamos.

 

Ph. D. Agustín Ortega (España) es Trabajador Social y Doctor en Ciencias Sociales (Dpto. de Psicología y Sociología). Asimismo ha realizado los Estudios de Filosofía y Teología, Doctor en Humanidades y Teología. Profesor e investigador de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y, actualmente, de la UNAE (Universidad Nacional de Educación) así como invitado en diversas universidades latinoamericanas. Autor de diversas publicaciones, libros y artículos.

 Diciembre 2017.

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