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La conversión es cambiar y poner nuestra vida en la presencia de Dios.

La conversión es un recorrido interior

LA CONVERSIÓN ES UN RECORRIDO INTERIOR

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La conversión es cambiar y poner nuestra vida en la presencia de Dios.

 

Problemas con la conversión

Hay dos problemas muy serios que tienen las personas cuando van al encuentro de Jesús en la conversión:

• la falta de sentimiento del propio valor
• el sentimiento de impotencia

* En el encuentro de la conversión hay personas que no confían en sí mismas, que creen que no pueden conseguir ni mantener lo que se proponen para su vida espiritual.

* Hay personas que sufren constantemente por sus fracasos pero no son capaces de poner remedios. Hay personas que siempre están censurándose a sí mismos, por sentirse inseguros ante otros, y por cometer a veces faltas sin poder hacer nada para remediarlo.

* Hay sentimientos de impotencia que proceden del exterior: el solicitar trabajo una y otra vez sin que nadie te llame, etc.

– Muchos sentimientos de impotencia proceden de la infancia.

Una persona decimos que está segura de sí misma cuando actúa segura de sí mismo y no permite que nada ni nadie provoque en ella inseguridad. ¿Cómo podemos formar un buen sentimiento del propio valor desde la Biblia?

* Si una madre se siente segura, sus hijos tendrán un sentimiento de seguridad, y al revés. Está demostrado que los niños que han sido criados en un ambiente donde se vivía la fe, poseen más seguridad en sí mismos.

* Cada persona representa una imagen que Dios se ha formado de sí mismo. Podemos decir que cada persona es una palabra hecha carne de Dios.

– Valorarnos a nosotros mismos significa tener esa sensibilidad para descubrirnos que somos hechos por Dios y que Él nos quiere.

* Para empezar a tener seguridad en nosotros mismos, hace falta experimentar desde lo más profundo de nuestro interior lo que dice el salmista: “Tú formaste mi interior, me tejiste en el vientre de mi madre. Te doy gracias porque me hiciste tan maravillosamente”. (sal 139,13)

* Cuando un niño es respetado, entonces desarrolla un fuerte sentimiento del valor propio; cuando es tomado en serio por sus padres, cuando se respetan sus sentimientos, cuando le permiten ser ante ellos tal como es él, entonces el niño va seguro por la vida.

* Cuando sucede lo contrario el niño reacciona con desconfianza, entonces se siente herido en su interior y se cierra necesariamente. Esta herida espiritual nos hace convertirnos en adultos con falta de independencia y vergonzosos.

* Muchas veces oímos a la gente decir que están hartos, y eso tiene unas raíces que vienen en muchas ocasiones desde la infancia. No se valoran como seres únicos, creados por Dios. Están hartos de no ser felices, de no encontrarse consigo mismos, hartos de sus desánimos, hartos de lo que les rodea, hartos de ser como son…

* El sentirnos valorados por ser como somos no es innato. Se aprende en el seno de la familia. De los mensajes que un niño recibe de sus padres dependerá el que se sienta aceptado y valioso. Muchas veces el deficiente sentimiento del propio valor es a menudo una comunicación oscura, en la que no se ve con claridad cuál es la postura de cada uno.

* Nunca es demasiado tarde para aprender y reforzar el sentimiento del propio valor. No basta ser una familia católica practicante si después son incapaces de dialogar los unos con los otros. Practicar la fe, por sí mismo, no engendra sentimiento del propio valor. Se necesita también una comunicación entre unos y otros. De esta manera nos sentiremos valiosos los unos ante los otros, y todos nosotros, ante Dios.

* Sólo puede apreciar su propio valor, sólo se puede valorar aquel que es capaz de reconciliarse con sus propias debilidades y lados de sombras. Aquel que es capaz de confesar ante otros sus propias faltas. Aquel que está a favor de sí mismo, cuando otros le censuran, ése tiene realmente un buen sentimiento del propio valor. Es capaz de aceptarse a sí mismo tal como es, incluso en sus aspectos menos agradables.

– Tenemos que ir a nuestras profundidades para descubrir que allí está Dios invitándonos a preparar el camino de nuestra conversión.

* Cada persona debe encontrar el camino para llegar a la profundidad de sí mismo, hacia su propia dignidad y ser capaz de permanecer en sí mismo, de mantenerse en sí mismo.

* Tu valor como persona nunca depende de nadie exterior a ti, sino que tu valor eres tú. No debes hacer jamás que tu sentimiento de ti mismo o que tu estima personal dependa de ninguna otra persona.

* En el camino de la conversión es muy importante reconciliarse con la propia historia personal, con el pasado de cada uno. No tiene ningún sentido andar revolviendo constantemente en nuestro pasado, para encontrar en él las razones de nuestra insatisfacción e infelicidad. Debemos reconciliarnos con la historia de nuestra vida.

* Tienes que mirar el pasado como el material con el que vas a trabajar, un material al que tú le vas a dar forma. Si yo me hago cargo de mi vida, entonces dejaré de echar la culpa a los demás por las cosas desgraciadas que veo en mí. El hacerme cargo de mi vida me va a ayudar a ver quién soy yo realmente y veré qué quiere Dios de mí.

* Dios quiere nacer en mí de una manera particular, totalmente distinta a otra persona. Dios quiere estar presente en lo más profundo de mí mismo.

* Nosotros somos más de lo que vivimos al exterior, aunque aparentemos estar seguros o inseguros, ser fuertes o débiles. Tenemos que descubrir quién eres realmente, para desde ahí abrir conscientemente las puertas de nuestra mayor profundidad. Nuestro yo, lo que somos, grita dentro nosotros algo así como: ¡sácame de aquí!

* Yo soy un misterio. Sólo Dios sabe cómo realmente soy.

– En la Biblia aparecen distintas imágenes para expresar lo que estamos diciendo.

* Tenemos la imagen del árbol que crece y se desarrolla a partir de una insignificante semilla de mostaza (Mt 13,31 ss). El árbol se alza muy alto, echa profundas raíces en la tierra. Es la imagen de una persona que asume su responsabilidad, una persona a la que no es tan fácil derribar. Cualquiera que pase por allí, podrá apoyarse en el árbol y buscar protección y ayuda en su sombra.

* Tenemos la imagen de un tesoro en el campo (Mt 13, 44ss) . El valioso tesoro representa a nuestro sí-mismo. Se halla en pleno campo, en medio de la suciedad. Hemos de excavar en la tierra para encontrar nuestro sí-mismo, la imagen que Dios se ha formado de nosotros.

* Estas imágenes quieren mostrarnos quiénes somos nosotros en realidad; que nuestro sí-mismo es un misterio en el que Dios mismo se nos muestra. Y quiere mostrarnos que nosotros somos más que la historia de nuestra vida y que el pasado que nos ha marcado. Esto se ve claramente por la imagen de un tronco de árbol del que brota un retoño. Del tronco hueco, resquebrajado, herido, fracasado, brota un nuevo retoño.

* En medio del fracaso, en medio de las llagas y heridas, descubre un sí-mismo formado por Dios, que supera toda desolación y destrucción, porque procede de la mano de Dios.

– ¿Qué imagen tenemos de nosotros mismos?

Veamos algunos ejemplos bíblicos que nos ayudarán a plantearnos quién somos realmente ante Dios y ante nosotros mismos.

El bajito:

Representa a la persona acomplejada, llena de inferioridad. En la Biblia encontramos la historia de Zaqueo (Lc 19,1-10) que es una historia típica del complejo de inferioridad.

* Dice la Biblia que Zaqueo era bajo de estatura. Es la imagen de alguien que se siente pequeño y por este motivo quiere hacerse muy grande.

* Zaqueo intenta compensar sus sentimientos de inferioridad ganando el mayor dinero posible. Como jefe de recaudación de impuestos gana rápidamente mucho dinero. Si llega a ser el hombre más rico, así piensa él seguramente, todos le respetarán y le apreciarán. Las personas piadosas no quieren saber nada de él.

* Se ve metido en el circulo de las personas de pequeña estatura. Estas personas quieren llegar a ser alguien entre los demás. Piensan que aumentando lo que tienen y son van a ser más que los demás.

* Jesús cura en Zaqueo el deficiente sentimiento del propio valor. Zaqueo interiormente se valora poco a sí mismo, pero Jesús le cura con sólo mirarlo y con convidarse a sí mismo a comer en su casa. Jesús no le condena, no le hace reproches, sino que le acepta sin reservas.

* Esta experiencia de ser aceptado incondicionalmente, transforma al rico y avaricioso recaudador de impuestos. Ahora él hace más que las personas piadosas que le condenan. Ahora entrega la mitad de su fortuna a los pobres. Ahora ya no necesita fanfarronear. Ahora busca la comunión con los demás, comparte con ellos sus bienes y su vida.

* Dice la psicología que la curación del complejo de inferioridad se produce únicamente por medio del sentimiento comunitario. No es el girar en torno a uno mismo, no es la búsqueda de reconocimiento e importancia personal lo que conduce a un mejor sentimiento del propio valor, sino el saber compenetrarnos con otras personas, para compartir con ellas la propia vida.

* Cuando convivo en mi casa, en mi barrio, en mi comunidad, entonces es cuando me siento valioso, como miembro aceptado en la sociedad humana.

El paralítico:

Jesús cura a un paralítico a quien cuatro hombres habían descolgado directamente hasta los pies de Jesús a través de un boquete abierto en el techo de la casa (Mc 2,1-12).

* Jesús se da cuenta de que la parálisis no es sólo externa, sino que por dentro, interiormente, hay una actitud interior de parálisis. Por eso, lo primero que hace Jesús es perdonarle los pecados. El paralítico debe cambiar primero su actitud interior, antes de poder poner en pie físicamente.

* Las personas que padecen de deficiente sentimiento del propio valor, las personas que se valoran poco a sí mismas, se sienten a menudo paralizadas. Se sienten bloqueadas en presencia de determinadas personas. No son capaces de nada por sí mismas. No se atreven a expresar su propia opinión. No se atreven a decir nada en una reunión de grupo. Tienen miedo de que lo que vayan a decir no esté bien; de que los demás se rían de ellos. El paralítico no está consigo mismo. Mira constantemente a los demás para ver cómo piensan, qué impresión les causa. Con frecuencia cree que los demás tienen mala opinión de él; que se ríen y hablan mal de él.

* Una mujer entra en la iglesia y siente que todos la están observando. Le gustaría salir corriendo para escapar de las miradas de los otros. En realidad, las demás personas ni se preocupan de ella. Es un fenómeno frecuente el que las personas que no tienen confianza en sí mismas, piensen que los demás las están observando constantemente; que los demás murmuran de uno.

* Jesús cura al paralítico, mandándole sencillamente: “¡Levántate, toma tu camilla y vete a casa!” (Mc 2,11). Con este mandato, impide al paralítico que se ponga a cavilar acerca de sí mismo; que comience a pensar si será verdad que ahora puede caminar normalmente y mantenerse sobre sus piernas. Todas esas cavilaciones no le dejan levantarse. Ahora coge su camilla como señal de la enfermedad que ha desapadecido, y tiene que ponerse a andar llevándola bajo el brazo. A todos nos gustaría deshacernos de nuestros miedos e inseguridades. Pero sólo nos levantamos cuando estamos seguros de que los demás no observan ya nuestras debilidades e inseguridades.

* Jesús nos pide que aceptemos nuestros miedos, que los llevemos bajo el brazo, que los tomemos a risa, en vez de dejar que esas inseguridades nos paralicen. La camilla que llevamos bajo el brazo nos recuerda a nosotros y recuerda a los demás que seguimos estando inseguros y que tenemos temores internos. Pero no dejamos que todo eso nos ate a una camilla. Nos levantamos y nos ponemos en marcha llevando nuestra camilla bajo el brazo, sin dejar que esta frene nuestra vida.

El que hace comparaciones:

* En el capítulo 5 de san Juan, el enfermo piensa que la causa de su enfermedad es que siempre llega tarde; los demás son más rápidos y se le adelantan. Tienen a alguien que les introduzca en el estanque, en cuanto el agua comienza a bullir. El hacer comparaciones es a menudo señal de que nos valoramos poco.

* El que se compara constantemente con otros, no sabe sentirse a sí mismo, sentir su propio valor, sentir lo que es su vida. Se define a sí mismo únicamente comparándose con los otros. Y resulta que él siempre sale mal parado. Siempre habrá personas que serán más rápidas que yo, más inteligentes que yo, más populares que yo. Mientras me estoy comparando con otros, no estoy conmigo mismo. No me siento a mí mismo.

* Una mujer va a una reunión, pero con frecuencia se siente incómoda ya que se compara con los demás. Las otras saben hablar, ella no; las otras se han preparado el tema, ella no… y así se rompe la cabeza cavilando por qué a ella le sale todo tan mal.

* Jesús cura al enfermo que hace cavilaciones, no dejándole cavilar. Primero Jesús le mira y con eso le levanta el ánimo. Jesús conoce el estado en que aquel hombre se encuentra, y le pregunta: “¿Quieres curarte?” (Jn5,6) Confronta a aquel hombre consigo mismo, con la propia voluntad. En vez de andar comparándose con los demás, lo que aquel hombre tiene que hacer es preguntarse a sí mismo qué es lo que quiere con su vida.

* Lo único que importa es lo que yo hago con mi vida, si yo asumo la responsabilidad de mí mismo. Como el enfermo, con sus comparaciones, quiere eludir la pregunta de Jesús, éste le ordena algo parecido a lo que vimos en la historia anterior: “¡Levántate, coge tu camilla y vete!” (Jn5,8)

* ¡Tú puedes levantarte! ¡Tú puedes andar! ¡Déjate de hacer comparaciones! ¡Basta ya de lamentarse! ¡Basta ya de llorar! ¡Levántate! ¡Ponte en pie! Ya puedes caminar. Todo está bien.

El Miedica:

En la parábola de los talentos se habla también de comparar. El tercer criado tiene la sensación de que va a salirle todo mal. Pero también tiene miedo y angustia.

* El tercer criado se disculpa ante su amo por haber enterrado el talento: “Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; tuve miedo y escondí tu talento en tierra; aquí tienes lo tuyo.” (Mt 25,24 ss.)

* El miedo al amo es la razón de que el criado entierre su talento; de que pase de largo por la vida. Tiene miedo de que, al rendir cuentas, algo falte; de que, al negociar con el dinero, pierda algo. El miedo le induce a asegurarse. En todo caso, lo que quiere evitar es cometer un fallo. Entierra el talento para controlarlo.

* Hay una ley fundamental en la vida y es que quien quiera controlarlo todo, pierde de algún modo el control sobre su propia vida.

* El tercer criado le tiene miedo a Dios. Muchas personas han sido heridas en su sentimiento del propio valor, porque se les ha predicado un Dios que inspira miedo y angustia. La imagen que uno tiene de sí mismo depende intensamente de la imagen que se tenga de Dios.

* Quien de niño, al pensar en Dios, siente inmediatamente angustia y miedo, porque el Dios que le han predicado infunde miedo, se enterrará necesariamente a sí mismo, tratará necesariamente de controlarlo todo. Su imagen de sí mismo será un verdadero desastre. No sólo tiene miedo a Dios, sino a todo lo que le amenaza. Tiene miedo a la muerte, miedo al fracaso, miedo a que los otros le critiquen.

* Jesús, al describir la consecuencia del miedo y de la angustia, quiere invitarnos a ir por el camino de la confianza, a aventurar nuestra vida, a ponernos en juego a nosotros mismos. Lo importante no es acrecentar nuestros talentos, sino que aventuremos nuestra vida.

* Cuando una persona, durante la infancia, ha experimentado a Dios como un Dios que lleva al detalle la contabilidad o como un Dios arbitrario, cuando se le contempla como un juez riguroso y castigador, entonces esa persona no podrá desarrollar una sensibilidad hacia el propio valor. Se sentirá constantemente juzgada y condenada. A muchas personas, durante su infancia, se les predicó a un Dios que no les deja disfrutar de la vida, que los oprime y humilla, que los juzga en vez de tenderles la mano para que se levanten.

* La imagen de un Dios cruel conduce siempre a una imagen desastrosa de uno mismo. La imagen de un Dios castigador se interioriza a menudo en una conciencia moral atemorizada, que se atormenta a sí misma, y que constantemente se devalúa y desprecia a sí misma.

* Cuando Dios inspira miedo, la persona no confía ya en sí misma, no se atreve a mirar a su propio interior ni a decir un sí de aceptación a todo lo que hay en ella misma.

El Encorvado:

* Hay personas que han entendido la piedad con un falso concepto de la humildad. Así, algunos entienden la humildad como humillación de sí mismo, devaluación de sí mismo y destrucción de sí mismo. No podemos estar orgullosos de lo que de bueno que Dios nos ha concedido gratuitamente.

* Cuando Jesús dice: “El que se humilla será ensalzado” (Lc 14,11), entonces eso quiere decir: aquel que tiene valor para descender hasta la propia realidad, hasta las oscuridades de su alma, ese tal se elevará hasta Dios. Aquel que tiene valor para aceptar lo terrenal de su ser, ese tal comprenderá quién es Dios, se acercará más a Dios.

* La humildad se ha entendido mal durante siglos. A menudo se ha entendido erróneamente la humildad como si fuera una actitud de los que andan encorvados, una actitud en la que nos empequeñecemos y despreciamos, no confiando para nada en nosotros mismos, y disculpándonos incluso de que existamos.

* Con esa humildad malentendida hemos falsificado el mensaje de Jesús y hemos inducido a muchos cristianos a que se abajen y desprecien a sí mismos, a que sospechen inmediatamente de todo lo grande que hay en ellos, calificándolo de soberbia y negando así la gloria de Dios que hay en cada persona.

* Un falso concepto de humildad ha encorvado a las personas. Pero Jesús no quiere a la persona encorvada y contrahecha, sino a la persona erguida y derecha. Lucas lo describe en la famosa historia sobre la creación de la mujer con la espalda encorvada (Lc 13,10-17). Se trata de una mujer que lleva 18 años enferma. Su espalda estaba encorvada, y no podía andar derecha (Lc 13,11). La espalda encorvada revela su escaso sentimiento del propio valor. No es capaz de situarse derecha ante la vida. No puede manifestar su propia dignidad. Está abrumada por el peso de la vida. Tal vez otros le han oprimido y han cargado peso sobre sus espaldas, y ella no ha podido hacer nada en contra.

* Jesús toca a la mujer para que pueda entrar en contacto con la fuerza y la dignidad que hay en ella. Tocada por el amor de Jesús, la mujer se endereza inmediatamente y alaba a Dios. Jesús endereza a las personas y fortalece así en ellas el sentimiento del propio valor.

* Creemos en la resurrección de Jesús cuando caminamos derechos y erguidos por el mundo. Somos mucho más que nuestros problemas, preocupaciones y fatigas. Somos hijos e hijas de Dios.

* Jesús no quiso que nos viéramos en primer lugar como pecadores, sino ante todo como hijos e hijas de Dios, que son partícipes de la vida divina. El estar dándole vueltas constantemente al pecado se halla en contradicción con el Espíritu de Cristo.

El que se ha acomodado

* Otra imagen donde vemos que la persona no se valora como hijo de Dios y por eso no tiene lugar la conversión, es en el personaje del hombre de la mano seca (paralizada). Representa al hombre que se ha acomodado, que ya no se atreve a nada. Este hombre ya no se atrevía a hacer nada.

* Las personas con escaso sentimiento de valor propio, no se atreven a menudo a expresar su opinión. Prefieren acomodarse. Cuando hay una conversación, miran primero a su alrededor para ver cuál es la opinión reinante. Entonces defienden la misma opinión. Quieren ser populares con todos. Quieren contentar a todos pero al final no contentan a nadie, ni siquiera a sí mismos.

* Las personas que no quieren problemas ni dificultades viven siempre en tensión, sin saber si serán aceptadas por otros o no. Siempre están buscando la aceptación del otro. Tienen miedo a que los otros le rechacen. Piensan siempre que los otros siempre están fijándose y hablando de él.

* Jesús cura al hombre que se había acomodado. Y lo hace ordenándole: “ ¡Levántate y ponte ahí en medio!” (Mc3,3) Ahora no puede ya acomodarse; ahora tiene que situarse ante su propia verdad. Ahora tiene que adoptar su propia decisión. Jesús no se acomoda. Jesús hace lo que considera recto. Jesús no necesita hacerse popular entre la gente. Él hace lo que Dios le inspira hacer.

El Arrogante

* Hay personas que necesitan devaluar a los demás para sentirse valorados a sí mismos. A menudo tales personas presumen de sus logros y fanfarronean de sus realizaciones. Hacen ostentación de sí mismos ante los demás. La Biblia describe a esa clase de personas en la imagen del ciego. El ciego cierra los ojos a su propia realidad, para seguir aferrado a la ilusión engañosa de la propia grandeza.

* Jesús cura al ciego de nacimiento, a aquel que desde que nació tiene los ojos cerrados ante la propia realidad. Y lo hace escupiendo en el suelo, haciendo un poco de lodo con la saliva y extendiéndolo sobre los ojos del ciego (Jn 9,6). Jesús confronta al ciego con la tierra. Su arrogancia la cura por medio de la humildad.

* Hace falta valor para aceptar lo terrenal y lo humano de uno mismo y para reconciliarse con el hecho de que uno ha sido formado en la tierra.

* Jesús le tuvo que decir a aquel ciego: Serás capaz realmente de ver, cuando estés dispuesto a percibir también el barro que hay en ti y reconciliarte con ello. Jesús cura al ciego haciendo que se reconcilie con su condición humana y se acepte a sí mismo.

Otras imágenes

En la Biblia hay otras imágenes donde se expresa el poco valor que nos damos:

* El leproso que no puede aguantarse a sí mismo. Como él no se acepta a sí mismo, se siente rechazado y marginado por todos (Mc 1,40-45)

* La mujer que padecía hemorragias. La que no tiene ánimos para vivir, que no quiere hacerse adulta (Mc 5,25-34), etc.

En todas estas personas en el encuentro con Jesús adquieren el valor para situarse ante sí mismas, para aceptarse a sí mismas, para levantarse a sí mismas y para descubrir su propio valor. Jesús les convence que son valiosas y singularísimas. Y Jesús lo hace con las palabras que les dice, con su mirada llena de cariño, y con el tierno contacto de sus manos. Y de esta manera Jesús nos muestra caminos para ayudarnos mutuamente a descubrir nuestro propio valor y a creer en él.

¿Cómo descubrirnos en nuestro propio camino de Fe? ¿Cómo valorarnos a nosotros mismos en este camino de la Fe para llegar a la conversión?

Para valorarnos hay que usar la pedagogía del Evangelio, la pedagogía de Jesús. En este camino tenemos que tocar necesariamente el plano psicológico y el plano espiritual.

1.- La aceptación de sí mismo:

¿Cómo llegar a aceptarnos a nosotros mismos?

* Debemos librarnos de ilusiones y sueños engañosos que nosotros mismos nos forjamos.
* Tengo que aceptarme a mí mismo con todo lo que hay en mí, no sólo con mis lados fuertes sino también con mis lados débiles.
* Aprender a reconciliarme con mi propio pasado. En cuanto me reconcilio con las heridas, ellas se convierten en manantiales de vida. Cuando me reconcilio con mis heridas se convierten en manantiales de bendición para mí y para los otros.
* No debes hacer comparaciones. Mientras me esté comparando con otros, estaré siempre en desventaja. Lo importante es estar conmigo, aceptarme, quererme a mí mismo.

2.- Estar consigo mismo:

* Significa estar en sí mismo, sentirse bien consigo, ser independiente de los demás.

* Estoy conmigo cuando me siento a mí, cuando desafío mis propios sentimientos, cuando descanso en mí mismo. No dependo del estado de ánimo de otros, sino que estoy en contacto con mis propios sentimientos.

3.- El Camino de la Fe:

* La fe quiere mostrarnos quiénes somos realmente, de dónde recibimos nuestro verdadero valor.
* La confianza en Dios podemos aprenderla poniendo ante nuestros ojos la confianza que Dios tiene hacia nosotros y ejercitándonos en confiar en Dios.
* Tenemos que experimentar aquellas palabras que Dios pronunció en el bautismo: “Tú eres mi hijo amado, mi hija amada, en ti me complazco” (Mc 1,11). Si vivo mi vida a partir de esa realidad, entonces desaparecen muchas dudas acerca de mí mismo y enmudecen los mensajes negativos que escucho con mucha frecuencia: No sirves para nada; nunca lo conseguirás; eres demasiado tonto para eso…

Muchas veces en el camino de la conversión tenemos que seguir al Señor de muy distintas maneras:

1. En numerosas ocasiones seguiremos a Jesús, alegres, contentos, felices… El camino del seguimiento está en esos días que parece que hemos encontrado en Dios lo que realmente necesitamos.
2. En otras situaciones seguimos al Señor de rodillas, suplicantes, anhelantes de su presencia… Son esos días que nuestro abatimiento es grande, nuestra perplejidad es mayor y nuestro desconcierto nos abruma. Seguir al Señor de rodillas significa no perder la poca confianza que nos queda en Él. Nuestra confianza se ha deteriorado porque hemos empezado a no fiarnos del Señor…
3. Hay otros momentos que el seguir al Señor tenemos que hacerlo arrastrándonos… Son esos momentos que aparecen en la vida en las que sólo quedan tú y Él en la oscuridad, y todo lo entregas a la confianza, esa confianza que está rota, deteriorada al máximo, pero esa confianza herida sólo puede reconducir a una entrega ciega a Dios entre la oscuridad de la vida…

Sea de pie, alegres, sea de rodillas o sea arrastrándonos, el seguimiento del Señor será una tarea de cada día para el que de verdad busca a Dios.

(M.S.B.)

2002

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